“…llega la hora en que los muertos
oirán la voz del Hijo del hombre….
y resucitarán”. Jn 5, 28
 
Esta palabra no es bonita. A pesar de ser griega. Podría traducirse: “Amor por la muerte”.
 
En México aún quedan residuos de un gran amor, no por la Muerte, sino por los muertos. Y eso tiene incluso mucho de glorioso, de festivo, visitas, oraciones o rogativas, cantos y flores en familia, y en comunidad.

 Pero a lo que aquí me refiero no es a ese gran amor por el otro hasta el final, hasta el más allá; sino que me refiero a ese peso enorme que significa la muerte. De acogida a la cultura de la muerte. De haber aprendido a convivir con la muerte con insensibilidad, con frialdad, sí, incluso con curiosidad ya no sólo morbosa, sino perversa.
 
Antes los lugares de muerte eran lejanos. Las montañas, los caminos, los recodos, los mares, pueblos, ciudades extrañas.
 
Hoy esa realidad fatal se nos ha acercado, nos ha rodeado, se nos ha metido primero a nuestras calles, después a nuestras casas y fatídicamente ya no sólo a nuestros ojos, a nuestras manos, sino incluso, a lo más sagrado, al vientre. Y este el más precioso, el vientre materno. Del cual se esperó el amor más grande, el más fiel y solidario.
 
Ya se van acabando los espacios, los lugares de resguardo. De cobijo, de seguridad.
 
Hoy hasta el amor más grande, del que esperábamos lo mejor, lo cierto e inefable, se está acabando.
 
Los comentarios nos quedaban lejos, allá fuera. Las tumbas frías o impresionantemente aterradoras, estaban apartadas.
 
Hoy no. Se han instalado en lo más digno, en lo más hermoso que tenemos.
 
No me refiero a esos panteones bonitos de la gran ciudad, ni a esos edificios llamados Sanatorios, que ya no tienen mucho de salud, y que ofrecen con descarada candidez la interrupción del embarazo. No, no me refiero a esos lugares de tanta maldición.
 
Me refiero al vientre materno de tanta jovencita que fue muy bella, una flor, un encanto de hermosura. A tantas mujeres e incluso profesionistas de la vida y la salud que con el simple hecho de haber participado también en la interrupción de un embarazo, se han manchado hasta lo más profundo de su ser.
 
Es la razón por la que la vida, la conciencia, la intimidad de tantas personas que fueron dignas, admirables y hermosísimas, se han llenado de tristeza, se han inundado de amargura.
 
El aborto es la acción contraria, cruel y más absurda a lo más grandioso y feliz del universo: La germinación de un nuevo ser humano.
 
De ese ser humano que siempre ha tenido origen en el amor, en el encuentro emocionante, en la donación más feliz e indescriptible.
 
Es echarlo abajo todo. Al Creador, a los agentes y depositarios de la vida. Al sagrario de toda felicidad.
 
Es por eso que al paso de los años quienes han practicado voluntaria -conscientemente- un aborto, llenan de sombras y amargura su cuerpo, su ser y su entorno mismo.
 
Incluso, si llega un hermanito y ocupa ese vientre materno donde se ejecutó impunemente a su antecesor, al instante le cae un balde de agua fría. Allí donde él habitará por 9 meses se cometió un crimen.
 
Y hoy para él, en lugar de cuna se le está regalando un espacio frío, con sabor a tumba, con todas las marcas de crueldad que allí se dieron. Y él caminará por la vida también con muchas amarguras, temores, sobresaltos, incertidumbres y complejos.
 
Hoy para este drama, sólo la Iglesia, sólo la comunidad cristiana. Sólo Jesucristo el Salvador, sólo Él, con su poder absoluto e impresionante, grande y misericordioso puede salvar. Convertir esa tumba en un jardín, incluso en paraíso. Con la fe en Él, con el feliz encuentro pascual con su persona, con su cuerpo glorioso, resucitado y lleno de toda luz que es la Iglesia, toda persona se redime. Pero también es importante la aportación humana, de la pedagogía, de la sicología y la espiritualidad del Evangelio.
 
Todo esto depositado en los creyentes, en los pastores, en los agentes de pastoral especializados.
Hoy sabemos que ni sicólogos, ni terapeutas logran arrancar esos sepulcros incrustados en el vientre materno. Ni seminarios de personalidad, de empoderamiento, ni fármacos, ni pastillas. Para nada pueden rescatar.
 
Sólo el anuncio del Evangelio, sólo el encuentro con Cristo en medio de su Iglesia y con su Iglesia.
Sólo en la comunidad cristiana se puede edificar, restaurar e incluso embellecer el cuerpo de Cristo que somos todos.
 
Como Provincia Eclesiástica, vayamos detectando y preparándonos para recibir al ministerio “La Viña de Raquel” que ha descubierto el método espiritual, evangélico y humano –pedagógico adecuado- para sanar de raíz, en nombre de Jesús la herida fatal de una irresponsable interrupción del embarazo.

Quiénes Somos:

La Diócesis de Texcoco es una Iglesia misionera, que fiel a Cristo y presidida por su Obispo, integra a través de estructuras de comunión y participación a todos los bautizados y hombres de buena voluntad, que con la riqueza de sus dones y carismas, evangelizan y hacen presente el Reino de Dios.