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En ocasiones parece que hemos quedado muy lejos de aquel patrimonio humano  y espiritual que nos legaron los antiguos. La descomposición social parece que nos quita de nuevo el rostro y el camino.

Saboreando el legado literario y filosófico de nuestros pueblos nahuas me detenía no solo  en el delicioso difrasismo de la flor y el canto, sino en otro tal vez más profundo e importante -XAYACTLI-YOLLOTL- (ROSTRO Y CORAZÓN). Así como anhelaron nuestros ancestros que a estos pueblos nunca les faltara flor y canto, tal vez con mayor vehemencia anhelaron que nuestra gente tuviera ROSTRO Y CORAZÓN.

Cómo era bella esa plataforma humana y social: que al pueblo se le saludara con flores y con cantos. Que aquí nunca se acabaran las flores y los cantos; y cantos tan hermosos que hasta los montes contestaran. Que ni las rocas, o mejor que hasta las rocas tuvieran el gozo de disfrutar e involucrarse a manera de coro en nuestros cantos tan hermosos. Era una forma de enseñar a convivir a todos, con los animales, los valles, los montes y el paisaje. Ciertamente este fue el secreto invaluable de Nuestra Señora, la Santísima Virgen de Guadalupe. En un entorno tan desolador y despiadado, donde aún se temía el paso y la presencia de la espada y de las flechas, Ella lo primero que hizo, fue llegar saludándonos con cantos: Divinos, celestiales. A San Juan Diego nunca se le quitará aquella certeza, aquella sensación: de que hasta los montes respondían. Así llegó nuestra Señora y así se despidió: con flores. En realidad regalándonos la flor más hermosa de la Fe: su propia imagen, su mismo corazón. A este difrasismo digo, se suma aquel no menos grande y exquisito: ROSTRO Y CORAZÓN.

Al rey Nezahualcóyotl le dolía que el pueblo no tuviera rostro. Que su rostro no contara, no valiera para nadie o sea que a nadie le importara nuestra mirada nuestro aliento, nuestra voz. Que a nadie conmovieran nuestras lágrimas, nuestras angustias y sonrisas. Que ante nuestros clamores o sufrimientos nadie respondiera. Igual nuestro corazón. Y así él clamaba: “Que nuestros corazones no sufran tormento” y de igual modo que el pueblo “sepa dialogar con su propio corazón”. No era simplemente pensar o reflexionar, meditar, contemplar sino asomarse y divisar el cielo.

Hoy que estamos en riesgo de caer en la sombra y en el abismo de la ignorancia, de la insensibilidad, la inmoralidad por la pérdida de la Fe, de la familia, de la persona, de lo más sagrado, urge recomenzar por reaprender la gramática, la palabra, la sintaxis del ROSTRO y del propio CORAZÓN. Sorprende que uno de los grandes matices de la creación en los textos revelados, consiste en ponerle ROSTRO Y CORAZÓN  a la luz, al sol, a la luna, al mar, a la tierra, a los animales y sobre todo al hombre, a la mujer.

El punto de partida de este proceso tan hermoso será el ROSTRO mismo de Dios, “No me apartes tu rostro, no me escondas tu rostro Señor”(salmo 27,9)clamará el Salmista. Es invaluable el mandato de Dios a Moisés cuando logre organizar el santuario en la tierra prometida: “me colocarás en una mesa, pan con rostro” (Ex 25,30). Y cuando el profeta Isaías recibía el mandato de “consolar al pueblo y urgirlo a preparar el camino del Señor”(Is 61,1-2), en el fondo lo que Dios pedía era que los caminos de los hombres tengan rostro, y lo recojan del mesías.

A la vuelta de los años y con el paso de los tiempos, con la llegada absurda y galopante de la maldad y de la violencia no hay mejor forma de crear y recrear la flor y el canto, el corazón y el rostro que evangelizando.

La acción discipular y misionera de la Iglesia, de nuestras diócesis, y de nuestra provincia, la creación de los sectores y comunidades viene a dar con mucho este tan anhelado sueño que con nosotros, con los heroicos agentes de pastoral de nuestras diócesis, florecerá, brotará en donde menos se esperaba.

Quiénes Somos:

La Diócesis de Texcoco es una Iglesia misionera, que fiel a Cristo y presidida por su Obispo, integra a través de estructuras de comunión y participación a todos los bautizados y hombres de buena voluntad, que con la riqueza de sus dones y carismas, evangelizan y hacen presente el Reino de Dios.