Homilía Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez, Obispo de Texcoco

04 de marzo de 2018.

“A todos los arrojó del templo”.

Queridos hermanos, el día de hoy toda la Iglesia escucha este mensaje del Santo Evangelio, que por desgracia se ha llamado “purificación del templo”. Nosotros pensamos que no es purificación del templo, porque una cosa que se lava, que se limpia, que se purifica, se vuelve a utilizar, vuelve a servir; en cambio el Templo de Jerusalén, desde el día que murió Jesús, desde este acontecimiento, desde el día en que Jesús se reveló, se manifestó, se presentó como el sumo sacerdote de Dios, encargado de todas las cosas divinas; desde el día en que Cristo murió, el velo del templo se rasgó, las partes íntimas del templo quedaron violadas y pocos años después fue derribado por Tito, emperador romano, y no quedó piedra sobre piedra.

Y hoy a nosotros, mis queridos hermanos, ciertamente nos queda la enseñanza suprema de Jesús. Dios ha querido caminar, habitar en medio de su pueblo, pero con santidad; y Dios ha sido capaz de crear espacios sagrados donde Él se manifiesta con su amor, con su sabiduría infinita, con su misericordia, con su capacidad de convocar a todos los pueblos de la tierra; y entonces a nosotros nos queda bien claro que, todo lo de Dios es santo, su casa es santa, su templo es santo, y ahí en un momento clarito hablaba de su cuerpo, su cuerpo iba a ser el santuario por excelencia de Dios, y en tres días se reconstruiría; Jesús muere el viernes y el domingo, a los tres días, ha resucitado.

Y desde entonces convoca, desde entonces enseña, desde entonces bendice, desde entonces Él realiza todo lo que se realizaba en el templo, porque ese templo nunca más servirá, ese templo abarató, ese templo comercializó la santidad de Dios; y por eso ahora, ya a nosotros nos quedó bien claro, cuando los judíos le reclamaban ¿porqué, con qué a autoridad, qué señal nos das de que tú puedes hacer esto del templo o en el templo? Qué mejor señal que ese templo se cayó, no volvió a salir de ahí: Palabra, enseñanza de Dios.

Ese templo se rasgó, se partió de arriba abajo; nunca más tuvo a Dios, nunca más el Templo de Jerusalén pudo ofrecer el don de Dios, la gracia de Dios; nunca más pudo tener ya al pueblo de Dios. El pueblo de Dios ya no se reuniría ahí, se reuniría donde dos o más invoquen a Jesús, donde una comunidad adore, escuche la palabra de Jesús, donde estén los discípulos de Jesús, donde estén los apóstoles de Jesús, donde estén aquellos encargados de imponer las manos, anunciar el Evangelio, distribuir el pan ¡dénles de comer! donde estén aquellos a quienes Él dijo hagan esto en memoria mía.

Desde entonces Jerusalén no es la ciudad santa, desde entonces el templo no es el lugar sagrado, el lugar sagrado somos los creyentes en Cristo; la santidad de Dios es móvil, la santidad de Dios se desplaza, la santidad de Dios se actualiza, y desde signos muy sencillos como una mirada, un saludo, una caricia en nombre de Dios hace el santuario, las funciones que producía el Templo de Jerusalén; ahí se acabaron las fiestas, nunca más las procesiones, nunca más los cantos, los sacrificios; no recibieron, el templo, Jerusalén no aceptó a Jesús, pues nunca más ¡nunca más! se encontrará ahí la presencia de Dios.

No tiene nada que ofrecer el templo si no recibe, si no tiene al Mesías, al depositario de todos los dones y confianza de Dios. Todo se fue, y por eso mis queridos hermanos ahora, todo se da en Jesús, en su persona; y nosotros lo vemos que en todos los pueblos de la tierra -sobre todo los domingos- celebrando la resurrección de Cristo, los cristianos nos buscamos para escucharlo, para seguir unidos a Él, para seguirnos dejando instruir por Él, para seguirnos purificando gracias a su palabra, gracias a su comunidad, gracias a su sacrificio eucarístico y Cristo por eso multiplicó, enriqueció muchísimo las obras de Dios para bien de todo el pueblo, para santidad de sus fieles.

Y lo admirable es que el mundo se irá santificando, se irá transformando en la medida en que los discípulos de Cristo levantemos el templo espiritual, el espacio espiritual donde se vea, se escuche, se recoja la santidad de Nuestro Señor que como digo, es mucho más rica, mucho más sabia, mucho más feliz, y en cambio el Templo de Jerusalén ya no está, ya no sirve, nunca más sin Jesús, alguna realidad tiene sentido.

Pues queridos hermanos démosle gracias a Nuestro Señor porque nos ha tocado pertenecer, nos ha tocado formar parte de esos nuevos santuarios, o de ese nuevo templo que Dios tiene en cada parte del mundo para manifestar su gloria, para derramar sus bendiciones y para ayudarnos a preparar para el gran templo sublime, indestructible del cielo, que será estar en la presencia de nuestro Padre, de su Hijo y del Espíritu Santo.

Pues mis queridos hermanos, que esa majestad de Cristo, y que, esa belleza de Cristo, esa humilde dulzura de Cristo y esa imponente majestad que Él revelo al purificar el Templo de Jerusalén también siga estando junto con nosotros, para no abaratar nuestra fe, no abaratemos, no descuidemos, no comercialicemos, no trivialicemos, no hagamos intrascendentes, desabridas las cosas de Dios, como les pasó a los judíos que empezaron a meter intereses, caprichos, inventos, utilidades, y no la grandeza, la santidad impecable, la bondad, la trascendencia de lo divino, como ahora gracias a Cristo lo podemos experimentar. Así sea.

Quiénes Somos:

La Diócesis de Texcoco es una Iglesia misionera, que fiel a Cristo y presidida por su Obispo, integra a través de estructuras de comunión y participación a todos los bautizados y hombres de buena voluntad, que con la riqueza de sus dones y carismas, evangelizan y hacen presente el Reino de Dios.