Homilía Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez, Obispo De Texcoco

22 de abril de 2018 

“La piedra que despreciaron los arquitectos, ha llegado a ser la piedra fundamental”.

Queridos hermanos, bajo cualquier ángulo que veamos a Jesús, los constructores de este mundo siempre lo han despreciado, siempre para los poderosos, Jesucristo será poca cosa; en cambio para nosotros, sus discípulos, para nosotros los cristianos que hemos tenido el privilegio de conocerlo, disfrutarlo, recibir su gracia, su misericordia, su sabiduría infinita, su poder íntimo, para nosotros, llega a ser la persona fundamental, la referencia más lucida de Dios para nosotros, llega a ser, digamos la oferta, el regalo estrella de Dios.

Los textos sagrados hablan de una modesta piedra, que por cierto se dice, even, even et ser, “piedra de auxilio”. Muchos hombres recordarán siempre, Jacob, una piedra porque ahí recibió el auxilio de Dios; podríamos citar otros ejemplos, en donde se ve cómo en el desierto una piedra ofreció agua fresca a los israelitas que morían de sed por el desierto. Así Jesucristo mis queridos hermanos, even, es la gran piedra en donde se ha manifestado la providencia, el cuidado, la delicadeza de Dios y su poder infinito para salvarnos. En Jesucristo aparece esa piedra llena de frescura por dentro, que nos da el agua santa de nuestro bautismo, y porque no decirlo mis queridos hermanos, la estrella, la oferta estrella de Dios, even - piedra.

Pero curiosamente, simplificando esa palabra, even - piedra, even, queda otra, “ven”, y ven significa “Hijo”. Al Hijo de Dios lo despreciaban los grandes, y ha sido, ha llegado a ser, es, el más importante, es la garantía perfecta de que ahí está la naturaleza, la vida misma de Dios porque Él es su Hijo, “ven”; cuantas veces en la Sagrada Escritura, sobre todo a David Nuestro Señor le dice ‹‹¡tú eres mi hijo!, tú eres mi hijo y yo te dí vida, yo te engendré, te engendré pequeñito, como el rocío del cielo››, y el profeta Isaías completará ‹‹Te convertirás en ríos de agua viva››.

Pues queridos hermanos, de ahí pasemos a esta otra imagen también bellísima del Buen Pastor, porque Dios nos ha regalado a su Hijo, “ven” “ven adonai”, ¿porqué Dios nos regaló a su propio Hijo? Para que fuera nuestro pastor, para que se preocupara, se acercara, estuviera con nosotros. Y de hecho el rompe el estilo de un pastor hacia sus ovejas, porque al final las ovejitas son unos animalitos, en cambio Él a nosotros, llamados digamos técnicamente “ovejas”, Él nos conoce, se nos acerca, dialoga, produce, ofrece intimidad, solidaridad, incluso la vida. Él no solo dirige, si no que está viviendo, sufriendo con nosotros, incluso nuestros entuertos, incluso nuestras crisis, nuestras ceguera, nuestras confusiones, nuestros desequilibrios, el Buen Pastor irá siempre, respetará, acercará, traerá, cargará a la oveja que se le perdió.

Queridos hermanos, y ciertamente muchos personajes bíblicos fueron como, prefigurando la llegada de este pastor; tenemos el primerito, Abel, quiero resaltar una característica de Abel, porque hoy es muy elocuente para nosotros y muy necesaria, ‹‹Abel es inocente, pues Jesús será el cordero de Dios, inocente, ¡no agresivo!, inocente››. Cómo necesitamos esta figura bellísima de Cristo “Cordero inocente”, porque hoy todos andamos nerviosísimos, casi esquizofrénicos, los nervios están crispados, todo nos enoja, todo nos incomoda, todo nos dispone al pleito, a la lucha, a la venganza, a la crueldad.

Qué hermoso es saber que nuestro cordero, ese que despreciaron las culturas, las ideologías humanas, nos engrandece y nos defiende desde su inocencia; porque hoy todos los métodos están para ser listos, estar listos y defendernos y ganar y agredir y matar. Este cordero, este pastor, vino para abrir espacio al Buen Pastor, al pastoreo, al cuidado, al servicio por los demás, “a abrir espacio” para que seamos ovejas. La oveja es dentro de la categoría animal, la que menos instrumentos defensivos tiene, no tiene cuernitos, o no tiene como el zorrillo, o no tiene como las mulitas donde nada más las patadas se oyen, no tiene cuernos, no tiene colmillos, no tiene garras como el tigre, como el gato, y, qué bueno que Jesús viene a abrir esos espacios de inocencia, de equilibrio, paz en el alma.

Porque tenemos quien nos defienda, porque tenemos quien nos proteja, porque tenemos quien nos escuche, quien vea nuestras lágrimas, nuestros peligros; pero hemos perdido a Dios y, entonces, todos a rascarnos con nuestras propias uñas.

Ha habido asalariados, donde quiera puede haber asalariados, en todo el mundo, que se trabaja solo por interés, solo por dinero y se abandona y se huye, o lobos que llegan a cosas más tristes, destrozan, dispersan, hacen mucho daño a las ovejas.

Queridos hermanos, el día de hoy toda la Iglesia adora, recoge esta figura hermosísima de Buen Pastor para sentirse conducida, para sentirse unificada, para sentirse segura en torno a Cristo, no en torno a esas realidades que nos presentan, esas propuestas que hoy, pues, tanto daño nos han hecho, como se dice destrozan, hacen estragos, abandonan, esas experiencias son las del mundo de hoy, las de los grandes de la tierra y nosotros como creyentes en Jesús nos aglutinamos, mejoramos, intensificamos, incluso con emoción, nuestro vínculo con Cristo.

Quiero pedirle precisamente eso para mí Diócesis a Nuestro Señor, que Jesucristo nos pastoree, nos inspire, que Jesucristo sea emocionante en medio de nosotros, como veo que ustedes domingo a domingo lo buscan, lo escuchan, lo celebran al llegar aquí, a la Sagrada Eucaristía, pero que hoy aprendamos, hoy aceptemos “yo también soy buen pastor” yo también voy a mostrar con calidad mi vida, yo también voy a servir, yo también protejo, yo también me intereso, yo también respondo por mi hermano, por mi vecino, por nuestro, bueno en la familia, pues la lista es clarísima, que nos protejamos, nos salvemos, nos tendamos la mano, nos escuchemos, nos enriquezcamos unos a otros, en pocas palabras seamos también como Jesús: pastores de una gran calidad, de una gran educación, y porque no decirlo, de una gran efectividad a la hora de estar con nuestros semejantes. Así sea. 

Quiénes Somos:

La Diócesis de Texcoco es una Iglesia misionera, que fiel a Cristo y presidida por su Obispo, integra a través de estructuras de comunión y participación a todos los bautizados y hombres de buena voluntad, que con la riqueza de sus dones y carismas, evangelizan y hacen presente el Reino de Dios.