Homilía Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez, Obispo De Texcoco

25 de mayo de 2018.

“Bendice alma mía al Señor, y todo mi ser a su Santo Nombre”.

Eso hemos estado repitiendo en el salmo responsorial, el 102, queridos hermanas, mis queridos hermanos Formadoras y Formadores de catequistas, y creo que es la expresión más bella de lo que ha sido el itinerario de su servicio en la iglesia como catequistas, que quisieron formarse, superarse y conocer más de cerca y más profundamente el corazón de Dios; así de sencillo es la vida de una, de un catequista.

Y por eso quiero agradecer a Nuestro Señor que nos regala este trocito de la carta del Apóstol Santiago, ya en su capítulo quinto, en donde a nosotros nos dice ‹‹no murmuren››. Todos sabemos que la murmuración, la crítica lleva un toque, muchos toques de envidia, amargura, insatisfacción, hipocresía, disgusto, poca autoestima, y por eso se hace en voz baja, entre dientes, escondidos o tratando de esconderse, empujando a otros, como diciéndole ¿tú no sabías?, ¿por qué tú no críticas, porqué tú no estás contra aquel, contra aquello?

En pocas palabras mis queridos hermanos, que bueno que a ustedes y a mí, hoy el Señor nos libera, porque decía Nuestro Señor “Ustedes están limpios por la palabra que yo les he dado”; digan ¡Sí! cuando es sí, digan ¡No! cuando es no. Ya te sales de la lealtad, de la verdad y te resbalas, te expones a cometer un gran pecado.

La función, la misión de un catequista -mis queridas hermanas- es todo lo contrario de eso que decía el Apóstol Santiago y el Libro del Éxodo, y el Libro del Deuteronomio, fue de los momentos amargos del Pueblo de Dios cuando se pusieron a murmurar, cuando amargados, cansados, desganados, ellos, pues comenzaron a dudar, a rechazar a Dios; allá fue eso, rechazar directamente al Padre Dios, rechazar a Moisés, a Aarón, y el apóstol dice que esto de rechazar a nuestros hermanos, porque eso es la murmuración, es un estilo de rechazo muy sutil pero muy venenoso, es igual de grave que lo que hicieron los israelitas murmurando contra Dios.

Queridos hermanos, hoy esta palabra a nosotros nos previene, nos cura, nos educa, nos confirma en todo lo que hemos ido aprendiendo de que nuestra postura es todo lo contrario, ¡kerigma!, keritzo, proclamar, gritar, gozosamente enseñar, claramente manifestar la gloria de Dios, las maravillas del Señor, lo haremos tal vez con modestia, tal vez con nuestra voz, muchas veces delicada, o muchas veces una voz pues, débil o tranquila, pero al fin y al cabo que brota de un corazón gozoso, convencido, comprometido como es el caso de ustedes.

Queridas hermanas, vamos a hacerle esa suplica a Nuestro Señor: Que, en nuestra Diócesis, todos los que tienen la palabra, el poder, la misión de enseñar, lo hagamos con gozo, lozanía, frescura, prontitud, decisión, claridad. Que el señor a nosotros nos conceda, incluso somatizar, encarnar la hermosura, los mil resplandores de la Palabra Santa de Dios.

En el texto del Santo Evangelio, mis queridos hermanos, tal vez pudiéramos decir, bueno esto a nosotros catequistas no nos toca, de que, si un hombre puede rechazar a su mujer, de que si es lícito para un hombre divorciarse de su esposa; bueno otra vez una enseñanza muy grande para la catequesis, nosotros agentes de pastoral catequética no andamos de escrupulosos ‹‹esto sí, esto no, de aquí para allá no me toca, de aquí, esto es mío, esto yo, aquí mis decisiones, aquí mi criterio, aquí…›› pues ya no lo digo en mexicano porque se me hace que se oye medio mal en un momento tan solemne como el que estamos viviendo, pero bueno, ¿es licito? ¡No! un cristiano no vive así, no vive con la regla encima, con el chicote amenazante; un cristiano vive con una gran libertad, con una espléndida generosidad no de ‹‹que esto sí, así no, bueno››. Esa es la primera parte del Santo Evangelio.

Y luego la otra es, bueno pues separarse, hacer a un lado, rechazar a su mujer, y se reduce a, primero una cosa hermosísima para nosotros agentes de pastoral, nosotros nacimos y formamos para la lealtad, “lealtad”. En la vida de las cosas más bellas, ser fieles, ser derechos, ser cumplidos, “Todo está consumado” decía Nuestro Señor, es el único que ha podido decir “Yo hice todo, yo lo que me toca”, “lealtad”. Extendamos esa enseñanza de Cristo a todos los ángulos de la vida, una lealtad intima, desde dentro, lealtad comunitaria, eclesial, parroquial, catequética, divina “ser leales”, ‹‹no de que ya me cansé, no pues ya no quiero, no ya no, ¡no! no tengo ganas›› ¡No! la lealtad.

Y esa lealtad cristiana mis queridos hermanos, y ustedes y yo lo vamos a buscar en nuestra Diócesis; a ver, tiene una dimensión muy clara ‹‹no se puede llevar una vida fiel, no se puede sacar adelante una vida satisfactoriamente servidora, si hay dureza de corazón››. Ustedes y yo nos fijamos como en el centro está, “por la dureza de su corazón”. Nuestro mundo ha perdido lealtad, ahorita lo vemos ‹‹no que ya no es de esta, no que ya se fue para acá, que ahora anda con estos, que ahora…››. Todo mundo como que tenemos la tentasionsotototota de andar brincando y danzando y columpiándonos, y subiendo y bajando, “lealtad”.

¿Qué se necesita para ser leales?, el corazón, el corazón bien hecho, corazón bien educado, corazón rico, corazón que se alimenta del Espíritu de Dios, corazón consagrado al Señor, un corazón honesto, un corazón inocente; no ese corazón partido, dividido. “Por la dureza de su corazón”, pues que hacía Moisés, no le quedó de otra. Ay queridos hermanos, que bien que nuestro mismo Divino Señor, nos regaló un corazón nuevo, corazón limpio, corazón inocente, corazón sensible, no duro, otra vez, cruel.

La catequesis nos libra del corazón duro, de la crueldad, de la amargura, deslealtad, infidelidad, y de todo lo que es al final, andar pisoteando personas. Bendito sea Dios mis queridos hermanos, la súplica de nuestra Sagrada Eucaristía “Dales un corazón nuevo, dales Espíritu en su corazón, dales el corazón del Mesías, de tu Hijo, dales el corazón tuyo, tu mismo corazón Padre Dios, para que nuestra catequesis florezca como un vergel, como un jardín, como un espacio lleno de frescura y también de belleza. Así sea.

 

Quiénes Somos:

La Diócesis de Texcoco es una Iglesia misionera, que fiel a Cristo y presidida por su Obispo, integra a través de estructuras de comunión y participación a todos los bautizados y hombres de buena voluntad, que con la riqueza de sus dones y carismas, evangelizan y hacen presente el Reino de Dios.