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Homilía de Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez, Obispo de Texcoco. Durante la Misa Crismal del Martes Santo 16 de abril de 2019.

Los ojos de todos estaban fijos en Él. Hoy se cumple esta escritura. 

Y así es queridos hermanos. El día de hoy nosotros hemos venidos para fijar nuestro ojos en Cristo; y hemos venido para sentir el gozo de que se cumple la salvación, de que la obra del Espíritu llega a la plenitud, y por eso quiero permitirme compartir muy familiarmente, a todo el Pueblo, a mis queridos hermanos sacerdotes, que a partir de estos días, en especial a partir del 26 de mayo en que se consagre este altar, cuando lleguemos a este altar, los ojos de todos, estén fijos en nuestro altar.

El sagrado Concilio Ecuménico Vaticano II en su reforma litúrgica nos pidió encarecidamente que le centro de la asamblea fuera el altar, y de ahí se desprendió un deseo muy grande de los obispos de tener, de ofrecer siempre un altar fijo, porque representa precisamente lo que decía el apóstol, la roca era Cristo, y la mejor mesa que ha habido en la familia, en la gran familia, en la gran asamblea, es la mesa sagrada de Cristo.

Yo sé que muchos sacerdotes, de jóvenes, recorren evangelizando los territorios, misionando, pero llega un momento en que lo único que les queda es cuidar la mesa de la casa. Y con ese privilegio, y con ese servicio, sigue en pie, gozosamente, su ministerio.

Y por eso mis queridos hermanos, en nuestro caso, hemos podido conseguir una roca propia de Texcoco, centenaria, milenaria, lo sabemos; y hemos querido que del mismo lugar, donde por años se adoró a Tláloc, hoy se adore con claridad a Jesús. Fueron inmensas las sorpresas, se las iremos platicando, una de ellas es que esta piedra es la más querida en Sudamérica, porque es la piedra de los Andes, como el sustento digamos del Continente, y de hecho se llama Andesita; íbamos por una cantera y nos encontramos con una piedra de los Andes. Algún día ustedes podrán acercarse y encontrarán tanto en el ambón como en el altar, miles de destellos; que huelen, que saben, a estrellas microscópicas, a diamantes, una sorpresa inimaginable, uy la roca era Cristo.

El camino de la fe, a mí me emociona pensarlo y se los comparto, y se abre con Abraham, y el patriarca al ver la inmensidad de su vocación fue muy honesto y dijo: “Yo soy polvo y ceniza”. Y Dios le dijo: “Sal, sal de tu tienda y contempla las estrellas. Así será tu descendencia, múltiple, abundante, como la arena y como las estrellas del cielo. Yo lo voy hacer”. Me parece muy emocionante que esta piedra es ceniza volcánica, que corriendo por el río quemó todo, pero hubo algo que no pudo quemar y fueron los sedimentos de arena, preciosa, que supieron resistir y quedaron integrados perfectamente a ella. El granito tiene tres componentes, esta piedra tiene solo un componente.

La roca era Cristo. El patriarca dejará como herencia un altar, un pozo y su tumba. A partir de eso, los mismos patriarcas aprendieron a bendecir y lo hacían a nombre de su padre Abraham, y uno de los regalos que hicieron era el rocío, y en este altar encontraremos el rocío.

En la experiencia del desierto, cuando fueron liberados los israelitas, el Señor cita a Moisés y le dice: “Yo estaré ahí junto a la roca”, y, “Yo daré agua a mi Pueblo”. Lo que Abraham, Isaac y Jacob hicieron: Altar, pozo, agua, al Pueblo.

“Golpearás la roca”, es el único momento en que el profeta falló, se distraería, estaba cansado, enojado: ¿Cómo de esta roca Dios va a dar agua?, y la chicoteo, no una, ciertamente dos, tres veces, y a Dios le dolió que no hubiera tenido fe, que no le hubiera creído, que de un golpe, de la roca saltaría agua abundante para saciar la sed de su Pueblo. Más adelante, Dios por eso le dijo, cuando él le pedía, quiero ver tu rostro: “Lo verás, pero si te escondes en la roca, pero mi rostro no lo verás”. Y en las prescripciones que pone para el santuario pide una mesa para que se deposite un pan, que por desgracia se ha traducido “el pan de la proposición”, el texto hebreo dice “pan con rostro”, y Dios cumplió, y regaló otra vez, el apóstol lo dirá con toda la fuerza, es una de sus síntesis teológica, de la historia: “Y la roca era Cristo”.

De una roca de pedernal. Esta roca tiene el pedernal disperso, por todo su ser, está como pequeñitas arenitas dentro de ella. Sacó para ti de una roca y del pedernal el agua para saciar la sed. Más adelante, ya lo sabemos hermanos, la roca es mi Señor, y ha hecho maravillas y sus obras son perfectas. Dios es una roca fiel, como Cristo, fiel, sin maldad. Esta roca nos recordará nuestra vocación a la santidad. En la Iglesia todos tenemos que erradicar la maldad, en cualquiera de sus manifestaciones. Y hay un texto, al final de la vida de Moisés, en donde él afirma: “Los alimentó, y los crio, con miel silvestre sacada de la roca, los ungió con aceite, de roca de pedernal, es el capítulo 32 del Deuteronomio. Les dio por bebida la sangre fermentada de la uva. Comió Jacob Israel hasta saciarse, por qué despreciar esta roca.

Vienen las respuestas de los salmistas, ¡no Señor, yo te amo, Tú eres mi roca, mi libertador, mi Dios, mi peña, peña mía, mi refugio, mi fuerza salvadora, mi baluarte, qué toca hay fuera de nuestro Dios!, y al ver la roca, surgirá el meditar de mi corazón. Es un lugar para meditar de mi corazón ante ti Señor, roca mía, defensor mío, y me protegerás en tu tienda. Siempre que yo corra peligros, correré y me esconderé en lo escondido de tu morada y me alzarás sobre la roca. A ti Señor te invoco, roca mía, no vayas a ser sordo ante mi voz, este Cristo significado en la roca, nos defenderá, nos consolará; cómo le vamos a pedir eso para toda la Diócesis, que lo que es la roca, Jesús, siga siendo en medio de su Pueblo, para todos sus hijos muy amados.

Dirá todavía más el salmista, “Llévame a tu roca inaccesible, y habitaré siempre en tu morada”, lugar de descanso, meditar, saciar la sed, y mi descanso. Solo en Dios, mi roca, descansa mi alma. Él es mi roca, y firme, mi refugio. Ahí yo desahogaré, todo el Pueblo, que desahogue ante Él su corazón, y nunca seré derrotado. Para mí, lo bueno, es estar junto a Dios, “Roca mía”; “Cantaré eternamente las misericordias del Señor”. “Tú eres mi Padre, mi Dios, mi roca salvadora”, y en mi roca no existe la maldad. “¡Vengan, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca, que nos salva!” Entremos en su presencia, dándole gracias: “Bendito el Señor mi Roca”, “volverá adiestrar mis manos para el combate y mis dedos para la pelea”.

La Roca que despreciaron los constructores, ahora es la que “hace cabeza fundamental en la Casa de Dios”; “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Al final de su vida, Pedro dirá, no nada más yo, todos somos Iglesia viva. Siéntanse, considérense como piedras vivas, que van construyendo el altar y la casa del Señor.

Queridos hermanos hemos venido al encuentro de Cristo, que ha hecho de la Historia de Salvación, plenitud; ha hecho de las promesas, plenitud; ha hecho de los detalles, personajes, que colaboraron con Dios para salvar, ha hecho un concentrado precioso de Cristo. Se prefiguraba un derroche de plenitud de Cristo. Con Él ha llegado la plenitud del amor y de la vida, la plenitud de la verdad y la sabiduría, la plenitud de la gracia y la santidad, la plenitud de la misericordia, del perdón y de la reconciliación. De Jesús nos llegó la plenitud la comunión, y de la fraternidad, de la amistad. Como Abraham que siempre quiso ser el amigo de Dios. Por cierto que un día él quiso lavarle los pies, y Dios, al llegar Cristo, se los lavó a él.

Hermanos, demos gracias a Dios porque nos sigue acompañando, invitando e integrando perfectamente a este misterio de salvación, a través de sus cristos de nuestra diócesis que se llaman los sacerdotes, porque ellos vendrán a recoger aquí, ellos vendrán a estar en comunión con Jesús, también con su obispo, para sacar los tesoros de la salvación.

Así sea.

 

Quiénes Somos:

La Diócesis de Texcoco es una Iglesia misionera, que fiel a Cristo y presidida por su Obispo, integra a través de estructuras de comunión y participación a todos los bautizados y hombres de buena voluntad, que con la riqueza de sus dones y carismas, evangelizan y hacen presente el Reino de Dios.