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Homilía de Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez Obispo de Texcoco

Los amó hasta el extremo.

Mis queridas hermanas, mis queridos hermanos, el día de hoy comienza una etapa preciosa, rica, en la Historia de la Salvación. Jesucristo nuestro Divino Señor, el Mesías, el Hijo de Dos, también recoge los ideales y los fundamentos de la vida del Pueblo de Dios. Un pueblo llamado a la fe, un pueblo llamado a la esperanza, un pueblo llamado a la comunión y al amor, y todo se fue desdibujando, se fue perdiendo, al punto de que Israel fue a parar a Egipto, el gran imperio, tal vez, en el Medio Oriente, fue el imperio más fuerte, nunca imaginado.

Pensemos en lo pequeñito que sería Abraham, el padre de nuestra fe, frente al faraón, frente a las pirámides. Cuando Abraham llegó a Egipto, los Patriarca; dirán los israelitas, mi padre era un arameo errante, pero Dios lo llamó. Mi padre era muy pobre, y de hecho Abraham lo único que regala a su pueblo, a sus descendientes, será un altar, un pozo, un hijo, una tumba.

En Egipto los israelitas lo perdieron todo, perdieron la memoria histórica, perdieron la paz, perdieron el gusto de estar juntos, de reunirse, festejar, cuando ellos quisieran o necesitaran. Hacer fiesta no se podía, los enviaban a trabajar, no se imaginaban que les iban a pedir de trabajos, eras esclavos. Y esta es la gran sorpresa, lo que celebramos hoy. Cuando nuestro Señor llamó a Moisés, a Aarón, para que liberaran al pueblo de la esclavitud, y si ustedes y yo nos fijamos lo que primero, aparece es una fecha, el día, el mes, la hora: “El día 10 de este mes tomarás un cordero, de un año, macho, sin defecto, y el día 15 lo sacrificarán”. Fijemos en una cosa tan sencilla, a partir de ese momento, Israel tendrá una agenda, tendrá calendario, podrá disfrutar las horas, los días, las semanas, los meses y los años. Hoy vemos, por ejemplo esto, al atardecer, se juntan, cada uno, su familia, toda la comunidad, los vecinos; finalmente podrían invitar, yo recuerdo tanto en mi experiencia muy sencilla, como en la experiencia de muchos niños y jóvenes de mi época, que a veces uno quería invitar a una persona y no podía, porque estábamos en la casa de los abuelos y se molestarían, o porque estábamos en la casa de los tíos, y no tenías ese gusto natural de invitar a esa persona. Ahora cada uno puede invitar a sus vecinos, a su familia, a toda la comunidad, y los invitan al atardecer. Siempre nos habremos preguntado por qué la Eucaristía, por qué en la Última Cena, por qué la Pascual se celebró al atardecer; porque si tú desayunas, ya tienes que irte a trabajar, si tu comes a mediodía, todavía tienes cosas que hacer, en cambio, si invitas a cenar, si te quedas a cenar, te puedes quedar a dormir, te puedes quedar todo el tiempo que quieras y disfrutar ese alimento. Ya no habrá cortes, te puedes explayar en la sobremesa, en la celebración que estés haciendo.

Estas cosas tan sencillas, mis queridos hermanos, es lo que recoge la Iglesia en día de hoy, es lo que nos recuerda, es lo que nos enseña, es lo que nos invita a hacer, que aprendamos la sabiduría de la vida, la hermosura de la libertad, la grandeza de compartir, comer, estar juntos, celebrar, sentirse señores, no esclavos. Así nace este gran misterio de nuestra fe, y nosotros lo vemos, cómo nuestro Divino Señor lo administra en la última noche que Él quiso, que pudo estar libre, en el sentido de la misión que el Padre le había encomendado.

Me asomo al texto del capítulo 13 de san Juan, en donde otra vez, como en Egipto, como el Pueblo de Dios Israel, hoy Jesús pone la hora, poner el lugar, pone el menú, hace la fiesta, y todo se sustenta en el amor. De todas las experiencias humanas, la justicia, la libertad, la fortaleza, la riqueza, la más grande es el amor. Cuantos sabios han dicho, nosotros podemos vivir sin juventud, sin libertad, sin riquezas, pero no sin amor.

Nuestro Divino Señor todo esto lo hace por amor. El amor del Padre hacia Él se siente pleno, el Padre lo ha amado, el Padre le ha regalado, el Padre le ha confiado, el Padre lo ha hecho feliz, ha puesto todo en sus manos; y fijémonos, Él va a poner en nuestras manos: “Tomen, coman, tengan, beban”, en el fondo pone su cuerpo, lo que se ve, “esto es es mi cuerpo”, saber decir “esto es mi cuerpo”, de una forma limpia, gozosa, es la experiencia más bella que pueda existir. En este mundo no pasa nada bello, ni útil, si uno no dice este es mi cuerpo. Gracias al cuerpo, en este mundo, todo funciona. En este mundo nada funciona si alguien retira su cuerpo. Yo existo porque mi madre prestó su cuerpo, yo pude asomarme a la verdad porque mis maestros se presentaban en el aula y ellos nos iban guiando en los conocimientos; yo estoy sano porque el médico, la enfermera, prestó su cuerpo, para que yo pudiera tener la salud, y yo puedo comer porque el campesino, el agricultor, prestó su cuerpo, depositó la semilla, la cuidó, recoge y, hay alguien que lleva todo esto al mercado, y alguien va y lo compra, alguien lo lleva a la casa, y ahí la mamá se acerca a la estufa, hace la comida, y aun estando la comida, si no se lleva a la mesa todo se detiene. Yo puedo viajar, porque el chofer, el piloto, presta su cuerpo, ya lo sabemos, y en el momento en que no llegue o se baje todo se para.

Nuestro Señor hoy nos enseña el dinamismo precioso de la vida, de las relaciones, de las experiencias, de lo más grande que puede tener el ser humano: “Habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó, hasta el final, hasta el extremo”; y luego vemos como Él se levanta de la mesa y realiza un detalle, yo quiero disfrutarlo junto con ustedes nuevamente, y es, cuando empezó el itinerario de la fe, un día Abraham estaba a la entrada de su tienda y vio tres personajes que venían, y salió, sintió algo muy grande: “Señor, si he hallado gracia a tus ojos, no pases de largo, ven, te voy a lavar los pies y te voy a dar de comer”, y nosotros sabemos que Dios era aquel personaje. Decía san Agustín, “Abraham vio tres, adoró y sirvió a uno, al Dios verdadero”. Es muy bello pensar que un día el hombre soñó que le lavaría los pies a Dios, no, era que Dios le lavaría los pies al hombre; los pies, en un mundo seminómada, son el sustento, el soporte del hombre, y en esas épocas que no existían carreteras, zapatos, botas, con el calor, con el sudor, proverbialmente se sabe, se dice, el olor de los pies, el más desagradable; Jesús antes de cenar lava los pies a sus discípulos, algo muy sencillo, el amor comienza cuando tú prescindes, quitas, lo más desagradable que puede tener una persona. El amor es tanta nobleza, el amor es tan sublime, que lo primero que hace es crear el ambiente, acogedor, amable, cuántas veces en nuestra diócesis los sacerdotes, el obispo, hemos soñado en que en nuestras comunidades, nuestras celebraciones, sobre todo la Eucaristía, sean de lo más acogedor, sean el espacio más amable, bueno incluso comentaba yo con mis queridas religiosas, en una sintonía de servicio, ojalá ya terminemos con todo eso de párense, siéntense, hagan dos fila, una filas. Todos eso detallitos ya no, tenemos que hacer espacios verdaderamente naturales, espontáneos, amables, eso es Jesús, eso es la Iglesia católica, Él, calladito, se para de la mesa… yo ahí siempre recibo una cachetada inmensa, y lo digo en una forma genérica… yo he observado que en una casa los hombres, en una familia, por lo general, nunca nos paramos de la mesa, es la mujer la que va y viene, es la mujer la que corre, es la mujer la que atiende, es la mujer la que sirve, y, bueno, ahí tenemos una deuda, y tenemos un aprendizaje muy bello de parte de nuestro Divino Señor, que se para de la mesa, se despoja y se pone a lavar los pies de sus discípulos. Este es el amor. El amor tiene esa capacidad de servicio sorprendente, novedoso, y todos los cristianos, cada que vengamos a la Eucaristía, tenemos que recordar, tenemos que aprender de Jesús, hasta donde se llegue a esto de, “tomen, coman”, es su despedida, nosotros le llamamos la Última Cena; los ortodoxos, qué bueno que una vez dijeron en una reunión de obispos estando el Papa Benedicto, dijeron: obispos, latinos, de occidente, no digan la última cena, digan, fue la primera cena de muchas de miles de millones de cenas, gracias a esta cena comenzó todo un estilo de sustento de vida, un estilo para compartir la vida y un estilo para hacer felices a nuestros semejantes, y podemos decir su testamento fue precisamente así… si me ha tocado escuchar de unos testamentos: “te dejo pero… te doy pero no lo vayas a…” Bueno, nuestro Señor: “ten, coman, beban”. Bueno queridos hermanos, toda una escuela de amor, por eso hoy toda la Iglesia dice, es el día que nuestro Señor nos hizo el gran regalo, el don del amor, “ámense como yo”. Sí hay amor en el mundo, y en todas partes, pero el amor del mundo está enfermo, el amor del mundo está herido, el amor del mundo esta chiquito, el amor del mundo lleva mil condicionantes. El amor de Jesús te inspira, en el Mesías, en el Hijo de Dios, en Aquel que, desde toda la eternidad, fue amado por el Padre y supo amarlo hasta el final también, o hasta el infinito.

Queridos hermanos celebremos estos ministerios en donde Jesús se entrega, donde Jesús se da, pone su escuela máxima, para personas, para el corazón, para la conciencia, para las familias, para la reciprocidad, para las comunidades, para todos los seres humanos. Esto, por eso disfrutémoslo, agradezcámoslo, sigamos aprendiendo de Jesús lo que es la Sagrada Eucaristía. Así sea.

Quiénes Somos:

La Diócesis de Texcoco es una Iglesia misionera, que fiel a Cristo y presidida por su Obispo, integra a través de estructuras de comunión y participación a todos los bautizados y hombres de buena voluntad, que con la riqueza de sus dones y carismas, evangelizan y hacen presente el Reino de Dios.