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LECTIO DIVINA

COMISIÓN DIOCESANA DE ANIMACIÓN BÍBLICA

DOMINGO DE RAMOS

9 de abril de 2017

¨En la Diócesis de Texcoco, nos reconocemos, valoramos y aceptamos como personas para ser casa y escuela de comunión¨ 

ORACIÓN AL ESPÍRITU SANTO

Señor, Tú que por tu muerte nos demuestras cuánto nos amas, te pedimos que nos envíes tu Espíritu para que nos ilumine por medio de tu Palabra. Y por medio de ésta nos lleve al encuentro amoroso y verdadero con nuestros hermanos y así podamos recibir con alegría la gracia de la Resurrección. Todo esto te lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

  1. LECTURA DEL TEXTO BÍBLICO (Mt 26, 14-27,66)

¿Qué dice el texto?

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: "¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús?" Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregárselo.  El primer día de la fiesta de los panes Ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: "¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?". El respondió: "Vayan a la ciudad, a casa de fulano y díganle: 'El Maestro dice: Mi hora está ya cerca. Voy a celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa' ". Ellos hicieron lo que Jesús les había ordenado y prepararon la cena de Pascua.  Al atardecer, se sentó a la mesa con los Doce, y mientras cenaban, les dijo: "Yo les aseguro que uno de ustedes va a entregarme". Ellos se pusieron muy tristes y comenzaron a preguntarle uno por uno: "¿Acaso soy yo, Señor?" Él respondió: "El que moja su pan en el mismo plato que yo, ése va a entregarme. Porque el Hijo del hombre va a morir, como está escrito de él; pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre va a ser entregado! Más le valiera a ese hombre no haber nacido". Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: "¿Acaso soy yo, Maestro?" Jesús le respondió: "Tú lo has dicho".

Durante la cena, Jesús tomó un pan, y pronunciada la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: "Tomen y coman. Este es mi Cuerpo". Luego tomó en sus manos una copa de vino, y pronunciada la acción de gracias, la pasó a sus discípulos, diciendo: "Beban todos de ella, porque ésta es mi Sangre, Sangre de la nueva alianza, que será derramada por todos, para el perdón de los pecados. Les digo que ya no beberé más del fruto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre".

Después de haber cantado el himno, salieron hacia el monte de los Olivos. Entonces Jesús les dijo: "Todos ustedes se van a escandalizar de mí esta noche, porque está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño. Pero después de que yo resucite, iré delante de ustedes a Galilea". Entonces Pedro le replicó: "Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré". Jesús le dijo: "Yo te aseguro que esta misma noche, antes de que el gallo cante, me habrás negado tres veces". Pedro le replicó: "Aunque tenga que morir contigo, no te negaré". Y lo mismo dijeron todos los discípulos.

Comenzó a sentir tristeza y angustia Entonces Jesús fue con ellos a un lugar llamado Getsemaní y dijo a los discípulos: "Quédense aquí mientras yo voy a orar más allá". Se llevó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo y comenzó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dijo: "Mi alma está llena de una tristeza mortal. Quédense aquí y velen conmigo". Avanzó unos pasos más, se postró rostro en tierra y comenzó a orar, diciendo: "Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero que no se haga como yo quiero, sino como quieres tú". Volvió entonces a donde estaban los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro: "¿No han podido velar conmigo ni una hora? Velen y oren, para no caer en la tentación, porque el espíritu está pronto, pero la carne es débil". Y alejándose de nuevo, se puso a orar, diciendo: "Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad". Después volvió y encontró a sus discípulos otra vez dormidos, porque tenían los ojos cargados de sueño. Los dejó y se fue a orar de nuevo, por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. Después de esto, volvió a donde estaban los discípulos y les dijo: "Duerman ya y descansen. He aquí que llega la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense! ¡Vamos! Ya está aquí el que me va a entregar". Echaron mano a Jesús y lo aprehendieron.

Todavía estaba hablando Jesús, cuando llegó Judas, uno de los Doce, seguido de una chusma numerosa con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El que lo iba a entregar les había dado esta señal: "Aquel a quien yo le dé un beso, ése es. Aprehéndanlo". Al instante se acercó a Jesús y le dijo: "¡Buenas noches, Maestro!" Y lo besó. Jesús le dijo: "Amigo, ¿es esto a lo que has venido?" Entonces se acercaron a Jesús, le echaron mano y lo apresaron. Uno de los que estaban con Jesús, sacó la espada, hirió a un criado del sumo sacerdote y le cortó una oreja. Le dijo entonces Jesús: "Vuelve la espada a su lugar, pues quien usa la espada, a espada morirá. ¿No crees que si yo se lo pidiera a mi Padre, Él pondría ahora mismo a mi disposición más de doce legiones de ángeles? Pero, ¿cómo se cumplirían entonces las Escrituras, que dicen que así debe suceder?" Enseguida dijo Jesús a aquella chusma: "¿Han salido ustedes a apresarme como a un bandido, con espadas y palos? Todos los días yo enseñaba, sentado en el templo, y no me aprehendieron. Pero todo esto ha sucedido para que se cumplieran las predicciones de los profetas". Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.

Los que aprehendieron a Jesús lo llevaron a la casa del sumo sacerdote Caifás, donde los escribas y los ancianos estaban reunidos. Pedro los fue siguiendo de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote. Entró y se sentó con los criados para ver en qué paraba aquello.

Los sumos sacerdotes y todo el sanedrín andaban buscando un falso testimonio contra Jesús, con ánimo de darle muerte; pero no lo encontraron, aunque se presentaron muchos testigos falsos. Al fin llegaron dos, que dijeron: "Éste dijo: 'Puedo derribar el templo de Dios y reconstruirlo en tres días”. Entonces el sumo sacerdote se levantó y le dijo: "¿No respondes nada a lo que éstos atestiguan en contra tuya?" Como Jesús callaba, el sumo sacerdote le dijo: "Te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios". Jesús le respondió: "Tú lo has dicho. Además, yo les declaro que pronto verán al Hijo del hombre, sentado a la derecha de Dios, venir sobre las nubes del cielo".

Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras y exclamó: "¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes mismos han oído la blasfemia. ¿Qué les parece?" Ellos respondieron: "Es reo de muerte". Luego comenzaron a escupirle en la cara y a darle de bofetadas. Otros lo golpeaban, diciendo: "Adivina quién es el que te ha pegado". Entretanto, Pedro estaba fuera, sentado en el patio. Una criada se le acercó y le dijo: "Tú también estabas con Jesús, el galileo". Pero él lo negó ante todos, diciendo: "No sé de qué me estás hablando". Ya se iba hacia el zaguán, cuando lo vio otra criada y dijo a los que estaban ahí: "También ése andaba con Jesús, el nazareno". Él de nuevo lo negó con juramento: "No conozco a ese hombre". Poco después se acercaron a Pedro los que estaban ahí y le dijeron: "No cabe duda de que tú también eres de ellos, pues hasta tu modo de hablar te delata". Entonces él comenzó a echar maldiciones y a jurar que no conocía a aquel hombre. Y en aquel momento cantó el gallo. Entonces se acordó Pedro de que Jesús había dicho: 'Antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces'. Y saliendo de ahí se soltó a llorar amargamente. Llevaron a Jesús ante el procurador Poncio Pilato. Llegada la mañana, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo celebraron consejo contra Jesús para darle muerte. Después de atarlo, lo llevaron ante el procurador, Poncio Pilato, y se lo entregaron. Entonces Judas, el que lo había entregado, viendo que Jesús había sido condenado a muerte, devolvió arrepentido las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo: "Pequé, entregando la sangre de un inocente". Ellos dijeron: "¿Y a nosotros qué nos importa? Allá tú". Entonces Judas arrojó las monedas de plata en el templo, se fue y se ahorcó.

No es lícito juntarlas con el dinero de las limosnas. Los sumos sacerdotes tomaron las monedas de plata y dijeron: "No es lícito juntarlas con el dinero de las limosnas, porque son precio de sangre". Después de deliberar, compraron con ellas el Campo del alfarero, para sepultar ahí a los extranjeros. Por eso aquel campo se llama hasta el día de hoy "Campo de sangre". Así se cumplió lo que dijo el profeta Jeremías: Tomaron las treinta monedas de plata en que fue tasado aquel a quien pusieron precio algunos hijos de Israel, y las dieron por el Campo del alfarero, según lo que me ordenó el Señor. Jesús compareció ante el procurador, Poncio Pilato, quien le preguntó: "¿Eres tú el rey de los judíos?" Jesús respondió: "Tú lo has dicho". Pero nada respondió a las acusaciones que le hacían los sumos sacerdotes y los ancianos. Entonces le dijo Pilato: "¿No oyes todo lo que dicen contra ti?" Pero El nada respondió, hasta el punto de que el procurador se quedó muy extrañado. Con ocasión de la fiesta de la Pascua, el procurador solía conceder a la multitud la libertad del preso que quisieran. Tenían entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Dijo, pues, Pilato a los ahí reunidos: "¿A quién quieren que les deje en libertad: a Barrabás o a Jesús, que se dice el Mesías?" Pilato sabía que se lo habían entregado por envidia.

Estando él sentado en el tribunal, su mujer mandó decirle: "No te metas con ese hombre justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa". Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la muchedumbre de que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Así, cuando el procurador les preguntó: "¿A cuál de los dos quieren que les suelte?", ellos respondieron: "A Barrabás". Pilato les dijo: "¿Y qué voy a hacer con Jesús, que se dice el Mesías?" Respondieron todos: "Crucifícalo". Pilato preguntó: "Pero, ¿qué e mal ha hecho?" Mas ellos seguían gritando cada vez con más fuerza: "¡Crucifícalo!" Entonces Pilato, viendo que nada conseguía y que crecía el tumulto, pidió agua y se lavó las manos ante el pueblo, diciendo: "Yo no me hago responsable de la muerte de este hombre justo. Allá ustedes". Todo el pueblo respondió: "¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!" Entonces Pilato puso en libertad a Barrabás. En cambio a Jesús lo hizo azotar y lo entregó para que lo crucificaran. ¡Viva el rey de los judíos! Los soldados del procurador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de Él a todo el batallón. Lo desnudaron, le echaron encima un manto de púrpura, trenzaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza; le pusieron una caña en su mano derecha y, arrodillándose ante Él, se burlaban diciendo: "¡Viva el rey de los judíos!", y le escupían. Luego, quitándole la caña, lo golpeaban con ella en la cabeza. Después de que se burlaron de Él, le quitaron el manto, le pusieron sus ropas y lo llevaron a crucificar.  Juntamente con Él crucificaron a dos ladrones.

Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz. Al llegar a un lugar llamado Gólgota, es decir, "Lugar de la Calavera", le dieron a beber a Jesús vino mezclado con hiel; Él lo probó, pero no lo quiso beber. Los que lo crucificaron se repartieron sus vestidos, echando suertes, y se quedaron sentados ahí para custodiarlo. Sobre su cabeza pusieron por escrito la causa de su condena: 'Éste es Jesús, el rey de los judíos'. Juntamente con Él, crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz. Los que pasaban por ahí lo insultaban moviendo la cabeza y gritándole: "Tú, que destruyes el templo y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz". También se burlaban de Él los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, diciendo: "Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo. Si es el rey de Israel, que baje de la cruz y creeremos en Él. Ha puesto su confianza en Dios, que Dios lo salve ahora, si es que de verdad lo ama, pues Él ha dicho: 'Soy el Hijo de Dios' ". Hasta los ladrones que estaban crucificados a su lado lo injuriaban .Elí, Elí, ¿lemá sabactaní? Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, se oscureció toda aquella tierra. Y alrededor de las tres, Jesús exclamó con fuerte voz: "Elí, Elí, ¿lemá sabactaní?", que quiere decir: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" Algunos de los presentes, al oírlo, decían: "Está llamando a Elías". Enseguida uno de ellos fue corriendo a tomar una esponja, la empapó en vinagre y sujetándola a una caña, le ofreció de beber. Pero los otros le dijeron: "Déjalo. Vamos a ver si viene Elías a salvarlo". Entonces Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, expiró. 

Entonces el velo del templo se rasgó en dos partes, de arriba a abajo, la tierra tembló y las rocas se partieron. Se abrieron los sepulcros y resucitaron muchos justos que habían muerto, y después de la resurrección de Jesús, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a mucha gente. Por su parte, el oficial y los que estaban con él custodiando a Jesús, al ver el terremoto y las cosas que ocurrían, se llenaron de un gran temor y dijeron: "Verdaderamente éste era Hijo de Dios". Estaban también allí, mirando desde lejos, muchas de las mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo. Entre ellas estaban María Magdalena, María, la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo. José tomó el cuerpo de Jesús y lo depositó en un sepulcro nuevo.

Al atardecer, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que se había hecho también discípulo de Jesús. Se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús, y Pilato dio orden de que se lo entregaran. José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en un sepulcro nuevo, que había hecho excavar en la roca para sí mismo. Hizo rodar una gran piedra hasta la entrada del sepulcro y se retiró. Estaban ahí María Magdalena y la otra María, sentadas frente al sepulcro. Tomen un pelotón de soldados, vayan y aseguren el sepulcro como quieran.

Al otro día, el siguiente de la preparación de la Pascua, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron ante Pilato y le dijeron: "Señor, nos hemos acordado de que ese impostor, estando aún en vida, dijo: 'A los tres días resucitaré'. Manda, pues, asegurar el sepulcro hasta el tercer día; no sea que vengan sus discípulos, lo roben y digan luego al pueblo: 'Resucitó de entre los muertos', porque esta última impostura sería peor que la primera". Pilato les dijo: "Tomen un pelotón de soldados, vayan y aseguren el sepulcro como ustedes quieran". Ellos fueron y aseguraron el sepulcro, poniendo un sello sobre la puerta y dejaron ahí la guardia. Palabra del Señor.

Pistas de reflexión

Contexto bíblico 

En el Evangelio de san Mateo pone de relieve dos cosas: la grandeza de Jesús ante la falsedad de sus acusadores, y el motivo por el cual sufrió todas esas ofensas: lo hizo porque Él que es el Siervo doliente, anunciado por los profetas, que cargó sobre sí mismo nuestros pecados. Entonces los designios de Dios se cumplen en la muerte de Jesús, pero también con su resurrección. San Mateo prueba a los judeo-cristianos, que esperaban un Mesías triunfador y glorioso, que los profetas anunciaron un Mesías paciente y que las Escrituras previeron el desarrollo de la pasión hasta en sus mínimos detalles.

Así, la agonía de Jesús en Getsemaní estaba prevista por el Sal 41, 62, 6 (26, 38). Apenas detenido Jesús, Mateo precisa que era necesario que así sucediera para cumplir las Escrituras (26, 54, 56), rechazando con ello la opinión de quienes pudieran ser partidarios de una respuesta armada a la detención de Jesús. En el diálogo entre Cristo y el sumo sacerdote, San Mateo subraya también el tema del Templo (26, 21), "cumplido" en la persona de Cristo, y cita  a  Dan. 7, 13 sobre el Hijo del hombre (26, 64). El evangelista es también el único que descubre la muerte de Judas (27, 3-10), en la que ve de nuevo el cumplimiento de las Escrituras  (Zac 11, 12-13).

Texto bíblico

A) Getsemaní

El episodio de Getsemaní posee gran importancia para comprender la pasión. Es una escena de revelación. Mientras que la transfiguración (17,1-9) revelaba por anticipado la gloria del Hijo del hombre, aunque encaminándose hacia la cruz, aquí se revela la profunda humanidad de Cristo, su debilidad. Es una revelación que podemos resumir así: este hombre que siente “tristeza y angustia”, cuya alma está triste hasta morir y que experimenta el peso de la “carne débil”, es el portador de la revelación definitiva de Dios, ¡es el Hijo de Dios! Así pues, una profunda revelación del misterio de Cristo que el discípulo, como siempre, no comprende; en lugar de velar y acompañar, el discípulo se abandona al sueño. Efectivamente, se advierte un doble movimiento en el relato: por una parte, Jesús que se aleja; por otra, Jesús que se acerca, que vuelve a los discípulos y les invita a acompañarlo; pero el discípulo, aunque invitado, no comprende. Además de revelarnos la profunda humanidad de Jesús, el relato nos manifiesta la reacción íntima de Jesús frente a los acontecimientos dolorosos inminentes. Es la pasión interior del Maestro.

Los relatos que siguen (proceso, condena, insultos, crucifixión) son la superficie de la pasión, los hechos, la crónica; aquí se nos revela la reacción íntima de Jesús; allí lo que los hombres hicieron con Jesús; aquí cómo reaccionó en su ánimo. Como Cristo, por medio de la vigilancia y de la oración al Padre, superó victoriosamente el momento decisivo de la prueba, así el discípulo: “Vigilen y oren” es la invitación reiterada a la Iglesia. El episodio se convierte en un modelo para la existencia cristiana, en una ilustración de la advertencia que San Mateo ha colocado como conclusión del discurso escatológico (24,42): “Velen, pues, porque no  saben el día en que vendrá el Señor”.

B) La condena de Jesús

Jesús ante Pilatos. La acusación adquiere el tono de traición contra el poder romano. Irónicamente, Barrabás (significa "hijo del padre") es indultado en vez del verdadero Hijo es condenado. El evangelista no pierde ocasión de subrayar que Jesús es inocente. La mujer de Pilatos lo llama “hombre justo” (27,19) y Pilatos, a su vez, reconoce públicamente su inocencia (27-24): “Yo soy inocente de la sangre de este justo. Allá ustedes”. Jesús es condenado como inocente por su pueblo; una inocencia tan clara, que hasta los paganos la reconocen. Sin embargo, es condenado, a pesar de la afirmación de la inocencia por el mismo Pilatos. El procurador romano asume una actitud manifiestamente contradictoria. Abre el proceso con una clara intención de objetividad y se esfuerza en librar a Cristo de la condena.

Pilato “Viendo que no conseguía nada y que aumentaba el alboroto” (v. 24), su objetividad desaparece; su deseo de objetividad no va más allá de un cierto precio. Hay una razón de estado que prevalece sobre la verdad y la justicia. Pilatos no está de ningún modo dispuesto a perderse a sí mismo. De todas formas, el intento de objetividad de Pilatos y su pública proclamación de la inocencia de Jesús ponen de relieve la obstinación y la injusticia que implica el rechazo de los judíos. Los judíos habían entregado Jesús a Pilatos (v. 27,2); ahora Pilatos lo entrega a los soldados para que lo crucifiquen (v.26). Pero antes del viaje al Calvario, el evangelista relata una segunda escena de ultraje (vv. 27-31), paralela a la escena que antecede, que seguía al proceso judío; allí se hacía burla de Jesús profeta; aquí, de Jesús rey de los judíos.

C) La muerte de Jesús

Jesús es condenado a morir en la cruz. Cuando alguien era  condenado a morir en la cruz perdía todos sus derechos ciudadanos, era reducido a la condición de esclavo por eso, los verdugos podían apropiarse de todo lo que el portara. Las burlas de los presentes (vv. 39-44) y las palabras de Jesús poco antes de morir (v. 46) corresponden al Sal 22,2. Con sus palabras el Señor manifiesta el sufrimiento físico y moral que padece en esos momentos.

De ningún modo son una queja contra los planes de Dios. Porque el sufrimiento no está en no sentir, que eso es de los que no tienen sentido, ni en no mostrar lo que duele y se siente, sino, aunque duela y por más que duela, en no salir de la ley ni de la obediencia de Dios. Jesucristo había experimentado como un anticipo del dolor y abandono de este momento. Probablemente las palabras del Señor en la cruz  “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (v. 46) hicieron comprender más tarde a sus discípulos que en su crucifixión y muerte se cumplían plenamente las Escrituras. Él fue, pues, santificador de sí mismo; se ofreció al Padre y se inmoló en el amor. El desgarramiento del velo del Templo (v. 51) significa que todos los hombres tienen abierto el camino hacia Dios Padre (Hb 9,1-10; 10,20) y que ha comenzado la vigencia de la Nueva Alianza, sellada con la sangre de Cristo. Los demás hechos portentosos de carácter cósmico que acompañan a la muerte de Jesús (vv. 45.51-53) son señales que se entienden como respuesta de Dios a las acciones de los hombres.

La presencia de las santas mujeres junto a Cristo en la cruz (vv. 55-56) es ejemplo de fortaleza para todos los cristianos. Más tenaz la mujer que el hombre, y más fiel, a la hora del dolor. ¡María Magdalena  y María de Cleofás y Salomé! Que acompañaron a Jesús hasta el final. ¿Nosotros podremos acompañar a Jesús hasta el final?

Preguntas para la lectura:

  • ¿Quién vendió a Jesús y en cuántas monedas?
  • ¿A dónde salió Jesús con sus discípulos y qué hizo?
  • ¿A quién dejaron en libertad en y cuál era su delito?
  • ¿Con quiénes fue crucificado Jesús y que le decían?
  • ¿Quiénes miraban desde lejos la crucifixión de Jesús?
  • ¿Quiénes se reunieron con Pilato y qué le pidieron? 
  1. MEDITACIÓN (Qué me dice la Palabra de Dios)
  •  ¿Qué te dice Jesús con su muerte?
  • ¿Cómo te ayuda a mirar lo grande que ha sido contigo?
  • ¿En momentos de tristeza y angustia me pongo en sus manos?
  • ¿Le doy gracias por los momentos difíciles y le pido fortaleza para cargar con la cruz de cada día?
  • ¿Cuándo tengo que dar testimonio de Él, lo hago con valentía?
  1. ORACIÓN: ¿Qué le respondo al Señor? ¿Qué le decimos?

Gracias Jesús porque por medio de tu muerte nos has demostrado la obediencia al Padre y has pagado con tu sangre nuestras culpas. Gracias por todos estos momentos que nos enseñas las verdades del Reino, y por la invitación que nos haces a mirar que con la muerte las cosas no terminan, sino que sigue el momento glorioso de la resurrección. Por eso te damos gracias Señor. Gracias Señor, gracias Señor.

Te pedimos perdón por las veces que hemos sido cobardes de reconocerte y darte a conocer a los demás, por las veces que te hemos dejado solo, por todas las ocasiones que no hemos perseverado en la oración, y por último, en no haber reconocido que Tú también estás en el necesitado, por eso te pedimos perdón. Perdón Señor, perdón Señor.

  1. CONTEMPLACIÓN: ¿Cómo interiorizo el mensaje? ¿Cómo interiorizamos el mensaje?
  • A Jesús que se queda en la Eucaristía como alimento de vida eterna.
  • A cada uno de los discípulos que en su cobardía dejaron solo al Maestro.
  • A nosotros mismos, que buscando nuestro beneficio personal dejamos solo muchas veces al Maestro.
  • Contemplar a las mujeres valientes que siguieron a Jesús hasta el final.
  1. ACCIÓN: ¿A qué me comprometo? ¿A qué nos comprometemos?

La intención general del apostolado de la oración del Papa para el mes abril es:

Universal: Los jóvenes

“Por los jóvenes, para que sepan responder con generosidad a su propia vocación; considerando seriamente también la posibilidad de consagrarse al Señor en el sacerdocio o en la vida consagrada.”

Intención personal: Trataré de mirar a mis hermanos más cercanos de la familia, de ayudarles cuando estén enfermos y les surja alguna necesidad.

Intención comunitaria: Por los miembros de nuestras pequeñas comunidades que sufren abandono o cuando están enfermos, y hayan perdido un ser querido, para que surja en nosotros ese deseo de ayudarles.

 

Quiénes Somos:

La Diócesis de Texcoco es una Iglesia misionera, que fiel a Cristo y presidida por su Obispo, integra a través de estructuras de comunión y participación a todos los bautizados y hombres de buena voluntad, que con la riqueza de sus dones y carismas, evangelizan y hacen presente el Reino de Dios.