Homilía Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez, Obispo De Texcoco

25 de febrero de 2018.

“Este es el Hijo mío, el amado, escúchenlo”.

Queridos hermanos, para ustedes y para mí siga siendo deliciosa esta palabra del santo Evangelio, donde podemos encontrar la base, el secreto del cristianismo, de nuestra fe, también de nuestra persona, de nuestras comunidades. En realidad pertenecemos al gran amor de Dios, formamos parte de ese amor, pero, yo creo que sí hay que matizar esto porque, todos los hombres, todos, todas las religiones, todas las culturas, todos los pueblos somos Hijos de Dios, pero en Jesucristo, gracias a Jesucristo, pues está este plus “muy, muy amados de Dios”.

Como a nosotros ha de ayudarnos precisamente esa persona, ese ministerio, esa palabra de Jesucristo Nuestro Señor, porque, veamos lo que aparece en Él, gracias a Él lo mejor de la antigüedad; Moisés y Elías, lo mejor de la creación del universo; la luz, la luz que nos da tanta paz, que nos quita las tinieblas y la bruma de la noche, lo abrumador que es la noche, lo peligroso que es la noche, la luz en Jesucristo esta naturalita, la mano, el toque del Dios Creador: una luz intensa, una blancura, una pureza infinita, y luego, pues una sabiduría que nos da la verdad eterna y la sabiduría perfecta, divina, que es la de Jesús; nos da la comunión, el encuentro, el diálogo.

En esta ocasión al ver el texto griego, me impresionó ver como Moisés y Elías hablaban a Jesús, como Pedro habla a Jesús, y yo quiero decirles, ¡hablémosle a Jesús!, también nosotros ahora como Moisés y Elías, como Pedro, Santiago y Juan, podemos hablarle a Jesús, podemos exponerle pues, todo ese universo que llevamos; por decir, Pedro en ese momento tal vez quería descansar, quería tener un momento de reposo, así bien tranquilo, bien agradable ¡aquí quedémonos!, aquí nos quedamos, hacemos rapidito tres chocitas una para ti, otra para Moisés y otra para Elías y, pero al final podemos hablar, hablarle a Dios, hablarle a Jesús.

Sí, sabemos que hay que escuchar a Dios, eso seguirá sin duda. “Este es mi Hijo, y es mi Hijo muy amado” jo αγαπητος , el término ágape en griego tiene tres características: la primera “simpatía”, si no hay simpatía no va a haber amor, si tu sales con tu cara dura, grande pues ya, el otro se encoge, se patina y se retira; por eso este ágape de Jesús ante todo tiene pues, una mirada, una sonrisa, oferta, encuentro, simpatía; a ver cómo le hacemos nosotros los cristianos para desde esos detallitos ir manifestando nuestra acertividad, nuestro deseo de estar en comunión, de estar en paz, de hacer el bien junto con nuestros hermanos, “simpatía, agapetos”. Cristo nos ha ofrecido una simpatía infinita, Cristo es una apertura, el apóstol san Pablo le llamaba “el sí de Dios”. En Cristo, Dios nos estaba dando un si infinito, constructivo.

También me sorprende de hace poco haber conocido que, en hebreo la palabra “si”, “si, כן - ken, ken”, también significa “nido”; decirle si a alguien pues es como decirle, cómo me encantaría también ofrecerte mi hogar, mi intimidad, mi pequeñez; la acogedora realidad de una familia, de una casa. En segundo lugar, significa “hospitalidad” precisamente, el nido ken, sí; la golondrina verdad, ha encontrado un nido, un nidito en la casa de Dios. La casa de Dios puede ser física aparentemente muy grande, así debe serlo, pero también debe ser como dice el salmista, Salmo 84, también debe ser nido acogedor, tranquilizante, ahí que ponga sus polluelos y que estén seguros.

Y tercero, que significa esa “paz”, una paz infinita que nos deja el amor, porque si no hay amor, entonces no andamos tranquilos, estaremos inquietos, si no hay amor de Dios, si no hay amor verdadero no vamos a tener la paz. Aquí en México, acuérdense lo que hemos dicho tantas veces, hay tres cosas que quitan la paz: los falsos rumores, los falsos temores y los falsos amores, quitan la paz del alma, Y hoy como que el mundo quiere trabajar mucho, falsos rumores, falsos temores y falsos amores, y al final no se encuentra la paz. En Cristo ¡Eh, aquí está mi Hijo! encontraremos también esa agradabilísima paz de Dios que inunda nuestros corazones, ¡escúchenlo!

Queridos hermanos bueno también a esto pongámosle mucho cuidado porque, muchas cosas no las sabemos, muchas cosas nos hacen sufrir y, tenemos que tomar decisiones, a veces muy importantes: necesitamos escuchar a Jesús, sabiduría de Dios; aparecen muchas ambiciones, muchas tentaciones: necesitamos escuchar a Jesús; aparecen muchos fracasos, mucho sufrimiento: escuchemos a Jesús que supo dar la vida, que fue un mártir, que fue un hombre sacrificado ¡Esto es mi cuerpo, les regalo mi sangre, hasta mi sángre les estoy regalando! escuchémoslo, aprendámosle.

Muchas veces nuestra vida, nuestras fortalezas se desploman, se eclipsa la vida: escuchen, escucha a Jesús, no te pasa nada si te agarras de Dios, no te pasa nada si caminas en la fe, en la comunidad; otras veces las sirenas nos cantan y sentimos que todo va bien, y que pues, podemos estar soñados ¡escúchalo! no te dejes llevar por la soberbia, por la vanidad ¡este es mi Hijo, mira aquí está mi Hijo, ¡escúchalo! Y entonces su camino de servicio, su camino de fraternidad nos llena la vida.

Queridos hermanos, queridos jovencitos, me da mucho gusto que ustedes desde pequeños le han entregado su corazón a Cristo, siempre le he pedido que ustedes se roben el corazón de Cristo, para que Cristo los enaltezca, para que Cristo los envié por el mundo con distintos carismas, con distintos oficios, con distintas posibilidades para transformar a México, lo que necesita México es desde el alma, desde dentro, no desde las metralletas, y las pistolas, y las policías, y las políticas, necesitamos el alma santificada, el espíritu, la mente llena de sabiduría, llena de bondad, llena de Jesús. Así sea.

 

 

 

 

 

 

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