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Desde el año 2006 nuestra Iglesia Diocesana inició un camino largo, pero seguro, en dirección a la Reconciliación (Primera fase), tan urgente y necesaria, hacia adentro y hacia afuera de la comunidad eclesial que tiene su dinamismo propio en una cuádruple dirección: Hacia uno mismo, hacia Dios, hacia el otro, hacia el cosmos (la casa común, la naturaleza, el universo). Es un camino que no tiene un fin en sí mismo, si no en cuanto nos ayuda a lograr una experiencia fraternal y comunitaria más amplia, más extensa, hacia todas las direcciones: antropológica, eclesial, sociológica, cósmica.

Este camino de reconciliación adquiere sentido y fuerza en cuanto coloca los cimientos a una vida cristiana madura, a una vida cristiana con esfuerzos diarios de santidad, hasta llegar a configurarnos a Cristo, hasta cristificarnos, hasta el punto de llegar a decir como San Pablo: “Y ahora no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Cfr. Gal 2, 20). Por eso, cada una de las etapas del Plan Diocesano de Pastoral con sus respectivas fases, transcurren un camino ascendente, de maduración y profundización de la vida cristiana, no solamente de manera personal, sino grupal, comunitaria, eclesial, en conjunto y de conjunto, nunca aislado ni de “grupitos”. Con procesos formativo-catequéticos de acuerdo a las edades y etapas de los discípulos en proceso formativo y con metodologías que favorezcan la vivencia de contenidos y el logro de los objetivos planteados.

Es por ello que no podemos pensar que esta fase tiene un inicio y un fin temporal, que se inaugura y se clausura en un momento determinado, que tiene principio y fin en el aquí y el ahora. No, no es así. La reconciliación tiene un dinamismo ascendente y en muchas direcciones, pero a la vez que asciende es horizontal e igual circular: en dirección de las manecillas del reloj y también a la inversa. Así debemos concebir esta fase que hemos emprendido como camino, no únicamente de manera individual, grupal o parroquial, sino de una manera más amplia, de manera diocesana, siempre mirando más alto, siempre con una mirada que implica “diocesanéidad” (permítaseme la forma de decirlo) e incluso catolicidad (universalidad).

Y ahora nos hemos propuesto contemplar los primeros frutos de este camino, por ello, se han realizado ya, las asambleas parroquiales al inicio de este año para: “Recoger los frutos de reconciliación y disponerse a una reconciliación permanente que lleve a la vivencia de la fraternidad” (Cfr. Objetivo de la Asamblea Parroquial 2019).

Así, pues, ahora debemos dar una orientación y reflexión bíblica, doctrinal, pastoral y vivencial en relación a la Segunda Fase (Fraternidad) que nos proponemos dar inicio después de esta Asamblea, sin dejar de valorar los esfuerzos que ya muchas personas hacen para vivir de manera fraterna en relación con los demás, sea en ámbito eclesial o extra-eclesial. Incluso valorando el esfuerzo de grupos pastorales, pequeñas comunidades, parroquias y otras instancias eclesiales que ya van teniendo experiencias, bien concretas de vida fraternal. 

  1. El testimonio bíblico.

En el Antiguo Testamento encontramos una de las narraciones más antiguas sobre el don de la fraternidad dada por Dios y sus implicaciones, así leemos en el libro del Génesis que “Adán se unió a Eva… y dio a luz a Caín… Después dio a luz a Abel, el hermano de Caín” (Cfr. Gn 4, 1-2), creándose, entonces, una relación de fraternidad entre dos personas: Caín y Abel. Cada uno de ellos manifestaba una personalidad muy distinta entre sí, con sentimientos e intenciones diferentes, ambos con una libertad propia para actuar el mal o el bien, pero también con una responsabilidad de cuidar el uno del otro; cuando uno de ellos, Caín, no cumple esta responsabilidad del cuidado por su hermano es interpelado por Dios, “¿Dónde está tu hermano?”, ante lo cual, de manera indiferente e irresponsable contesta, “¿Soy acaso el guardián de mi hermano?” (Cfr. Gn 4, 9); pero Dios no satisfecho con la respuesta pide cuentas por lo hecho al hermano y no solo eso, sino que, hace justicia por el daño cometido, “Yavé le dijo: ¿Qué has hecho? Clama la sangre de tu hermano y su grito me llega desde la tierra. En adelante serás maldito…” (Cfr. Gn 4, 10-11).

Esta narración del Génesis nos pone ante una realidad de compromiso y responsabilidad frente el hermano, somos responsables, ante Dios, de lo que le pasa y aún más de lo que le hacemos. Y Él pide cuentas, nos pregunta sobre nuestro hermano, sobre su paradero y situación, al grado que Dios rechazará las ofrendas, las penitencias, los diezmos que le ofrendamos cuando no hemos sido capaces de cuidar dignamente del hermano (del otro), así el concepto de hermano se empieza a ampliar hasta llegar a una situación de alteridad.

Y ante tanta injusticia entre los hombres, rencores, venganzas, abusos, maltratos, injusticias, ya iniciadas con Caín y Abel, Dios establece un mandamiento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Cfr. Lv 19, 18), a pesar de ese mandamiento el hombre continuó en desarmonía y faltas de respeto a la dignidad del otro. Los profetas hablaron duramente denunciando las injusticias cometidas entre los mismos hombres, leemos en Isaías lo siguiente: “Es que ayunan, sí, para luego reñir y disputar, para dar puñetazos sin piedad […] El ayuno que yo quiero de ti es éste, dice el Señor: que rompas las cadenas injustas y levantes los yugos opresores” (Cfr. Is 58, 4-6).

A pesar de la claridad del mandamiento en el Levítico y de las denuncias de los profetas por la falta de capacidad de vivir fraternalmente, el pueblo y sus líderes religiosos aparentaban ignorancia y falta de comprensión al mandamiento, es por ello que interrogan a Jesús sobre el mandamiento más importante y sus repercusiones (Cfr. Lc 10, 25-37). Él hace trascender el mandamiento y lo saca de la concepción biológica y étnica, tan estrechas; el hermano, el prójimo ya no solamente es mi propia sangre o raza, sino que, se superan estos límites y se asciende hasta el ámbito antropológico, en sentido más amplio y no de manera impersonal sino por el contrario en contacto directo con el otro. Ahora es el otro, es decir la alteridad vivida en sentido de fraternidad, de proximidad, de responsabilidad. Por lo tanto, el pasaje del Génesis adquirirá una nueva visión e interpretación: “¿Dónde ésta tu hermano, dónde ésta el otro, qué has hecho con tu hermano, qué has hecho con el otro?” Y Jesús preguntará: “¿Quién se comportó como prójimo, quién se comportó como hermano?

Ya san Juan de manera categórica afirma: “Si uno dice 'Yo amo a Dios', y odia a su hermano, es un mentiroso. Sino no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (Cfr. 1Jn 4, 20), por lo tanto, la experiencia de fe, la profesión de creencias religiosas cristianas, la vida espiritual, religiosa y de piedad en el ámbito cristiano no puede entenderse y llegar a su máxima expresión si no es en la concreción del amor al prójimo, en la experiencia diaria de fraternidad, en la superación constante de las diferencias.

Por eso el mandamiento nuevo que nos trae Jesús: “Que se amen los unos a los otros como yo los he amado” (Cfr. Jn 13, 34), será la característica de los discípulos de Jesús, será el rostro y testimonio de los que, valientemente, han decidido seguirlo y ahora se llaman sus discípulos, se llaman cristianos. ¿Dónde está la novedad del mandamiento?, ¿por qué es nuevo? El reduccionismo judío en la visión del concepto hermano o prójimo es superado, ya hemos dicho que desde el Levítico se había entregado el mandamiento del amor, pero la forma de concebirlo y vivirlo se queda limitada por el condicionamiento étnico y sanguíneo (biológico). Surge así la pregunta hecha a Jesús: ¿Quién es mi prójimo? que parangonando podría ser el equivalente a: ¿Quién es mi hermano?; Jesús responderá con otra pregunta: ¿Quién se portó como prójimo?, e igual sirve el equivalente: ¿Quién se portó como hermano?

“Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros”. El mandamiento adquiere una categorización amplificada a su máxima expresión, de tal forma que nadie puede quedar excluido del mandamiento para ser sujeto y objeto del mandamiento: “los unos a los otros”. El alter ego, la alteridad, el otro, los otros, deben facilitar la experiencia del amor, no se puede concretar la vivencia del mandamiento sin “los otros”. Pero los sujetos del mandamiento también son objeto a la vez, y entonces el sujeto y el objeto se puede entender como: “los unos a los otros”. 

Por lo tanto, la fraternidad entendida desde Jesús, desde el Cristianismo rompe barreras biológicas y étnicas. Nos vemos entonces obligados a dar un paso serio hacia la conversión (metanoía), hacia el cambio de mentalidad, dar un giro a los criterios tan limitados y reducidos que nos impone las formas comunes de pensar. Ahora mi hermano es el otro, mi prójimo es el otro. Estoy obligado en conciencia a ser hermano del otro. Hacer esfuerzos cotidianos de vida fraterna y fomentar espacios donde se pueda manifestar y vivir.

  1. Orientación del Magisterio de la Iglesia. 

Para este apartado deseo sugerir una serie de textos, particularmente, del Documento de Aparecida que nos ayudan a comprender cómo los procesos de discipulado deben conducir a una experiencia cotidiana de fraternidad, siempre partiendo de experiencias comunitarias, sea en niveles pequeños como de células (pequeñas comunidades, sectores territoriales o poblacionales) o niveles eclesiales más amplios como la parroquia o la Diócesis.

Debemos contemplar en esos textos algunos aspectos inseparables de la experiencia cristiana discipular que desembocará necesariamente en una experiencia de reconciliación permanente, en una vivencia fraternal y solidaria construyendo cada día la comunidad en sus distintos niveles: pequeña, intermedia y amplia. Estos aspectos son los siguientes: la caridad, la misión, la experiencia de familia en la fe, la escucha de la Palabra, la vida de oración, el compromiso apostólico actualizado día tras día, la vida comunitaria expresada en la vida relacional con los otros (“que se amen los unos a los otros”), la vida sacramental, el compromiso social, el Kerigma como momento indispensable en este proceso, como proclamación del Primer Anuncio y como momento fundante de toda la vida cristiana, la catequesis como procesos de maduración en la fe. Cada uno de los aspectos señalados y entresacados del Documento de Aparecida no están mencionados en un orden cronológico sino que están mencionados como un todo constitutivo en este camino de RECONCILIACIÓN-FRATERNIDAD-COMUNIDAD.

Leamos los siguientes textos, en clave de discipulado-comunión-fraternidad.

  • “La Iglesia es comunión en el amor. Esta es su esencia y el signo por el cual está llamada a ser reconocida como seguidora de Cristo y servidora de la humanidad. El nuevo mandamiento es lo que une a los discípulos entre sí, reconociéndose como hermanos y hermanas… llamados a cuidarse los unos a los otros”. (DA 161)
  • Las pequeñas comunidades “son un ámbito propicio para escuchar la Palabra de Dios, para vivir la fraternidad, para animar en la oración, para profundizar procesos de formación en la fe y para fortalecer el exigente compromiso de ser apóstoles en la sociedad de hoy”. (DA 308) 
  • “Entre las comunidades eclesiales… sobresalen las Parroquias. Ellas son células vivas de la Iglesia y el lugar privilegiado en el que la mayoría de los fieles tienen una experiencia concreta de Cristo y la comunión eclesial. Están llamadas a ser casas y escuelas de comunión”. (DA 170)
  • “…los fieles deben experimentar la parroquia como una familia en la fe y en la caridad, en la que mutuamente se acompañan y ayuden en el seguimiento de Cristo”. (DA 305)
  • “La vocación al discipulado misionero es convocación a la comunión de su Iglesia. No hay discipulado sin comunión”. (DA 156)
  • “Como rasgos del discípulo… destacamos; que tenga como centro la persona de Jesucristo… que tenga espíritu de oración, sea amante de la Palaba, practique la confesión frecuente, y participe de la Eucaristía, que se inserte cordialmente en la comunidad eclesial, sea solidario en el amor y fervoroso misionero”. (DA 292)
  • “La persona madura constantemente en el conocimiento, amor y seguimiento de Jesús maestro, profundiza en el misterio de su persona, de su ejemplo y de su doctrina. Para este paso es de fundamental importancia la catequesis permanente y la vida sacramental, que fortalecen la conversión inicial, y permiten que los discípulos misioneros puedan perseverar en la vida cristiana y en la misión en medio del mundo que los desafía”. (DA 278-C) 
  1. Repercusiones pastorales.

Si ya superamos la idea reduccionista del concepto hermano o prójimo y lo hemos hecho ascender hasta el término “los otros” entonces lograremos plantearnos una acción pastoral de la Iglesia y para la Iglesia consecuente con esos ideales. No se pueden crear planes pastorales con todo su entramado doctrinal, metodológico y estructural en los cuales no esté manifestado de manera explícita la intención de vivir la fraternidad y el mandamiento del amor en sentido de una verdadera alteridad. Si los planes pastorales de las Iglesias no se abren al ser humano en su totalidad e integralidad estarían mutilando la visión cristiana. Es por ello que los objetivos planteados en ellos deben ser bien específicos en la determinación de los sujetos, destinatarios y la gradualidad (cuantitativa y cualitativa, pasos a dar y sus tiempos) con la que se cumplirán.

Aquellas instancias eclesiales que por sus planteamientos y acciones pastorales no estén contemplando esta nueva visión de la pastoral y que por una visión reducida se esté excluyendo a personas o creando grupitos satélite de la Iglesia, de las parroquias, deberán replantearse sus objetivos, deberán replantear sus criterios de vida pastoral. No es extraño encontrar en las parroquias y en otras instancias eclesiales grupitos de “vida cristiana” que al interno viven muy fraternalmente, muy solidariamente, muy amorosamente, muy llenos de docilidad y sacrificio, pero cuando salen de ese “grupismo” muestran hostilidad, rebeldía y poca disposición para vivir la vida de Iglesia de manera plena con los que no son de su grupo. Esto no puede seguir así.

Es por ello que todas las instancias eclesiales debemos hacerlas pasar por un serio escrutinio a la luz de la Palabra y del Magisterio. No podemos seguir haciendo pastoral o llamarnos expertos de la pastoral o alguna área de la pastoral si no reelaboramos objetivos y estrategias pastorales que contemplen y estén empapadas de estas metas: Fraternidad y “Amarse los unos a los otros” en sentido amplio, no excluyente ni de exclusividad. Esto va desde la concepción del ser humano hasta el último momento de su vida.

  1. Experiencias diarias de no fraternidad y de fraternidad.

Quisiera que en este apartado nos detuviéramos de manera personal y grupal (mi grupo pastoral, mi pequeña comunidad, mi sector, mi parroquia, el decanato, la vicaría, la diócesis) a contemplar de manera honesta y a la luz de la reflexión que estamos haciendo la realidad que vivimos en relación a la Fraternidad y que nos planteemos qué podemos hacer en relación a la vivencia de la fraternidad. Que, ojalá, obtengamos como un análisis de la realidad y/o diagnóstico en este tema. Hacernos algunas preguntas concretas nos puede ayudar a lograr tal objetivo:

  • ¿Qué manifestaciones de fraternidad vivo con los que me rodean? ¿Qué me impulsa a realizarlas? ¿Quiénes son las personas con quienes manifiesto la fraternidad? Con aquellos que me cuesta trabajo vivirla, ¿qué es lo que me impide vivirla? ¿Soy correspondido en el mismo grado de fraternidad?
  • ¿En mi grupo pastoral y/o pequeña comunidad, cómo viven la fraternidad los unos a los otros? ¿Hay alguien que la fomenta o se da de manera espontánea? ¿Hay quién es más fraternal que otros? ¿Qué se piensa de él o ella? ¿Qué cosas son las que motivan la experiencia de fraternidad en el grupo? ¿Qué cosas desmotivan o desalientan la vivencia de la fraternidad?
  • En la vida del sector y la parroquia, ¿qué muestras de fraternidad son palpables? ¿Hay algunas actividades programadas u organizadas que fomenten la fraternidad? ¿Dónde es más fácil vivir la fraternidad en el sector o la parroquia? ¿Tu párroco o coordinador cómo facilita la vivencia de la fraternidad?
  • En las diferentes actividades de decanato, vicaría y diócesis: ¿Has notado que se realicen actividades que promuevan la fraternidad? ¿Los CPP´s y EPAP´s de las diferentes parroquias se relacionan de manera fraternal y manifiestan ayuda mutua? ¿En las reuniones de equipos de pastoral de qué manera se manifiesta la fraternidad? ¿Se percibe competencia, crítica destructiva o presunción entre las diferentes parroquias? ¿Los sacerdotes cuando hacen presencia en las diferentes reuniones viven gestos de fraternidad o lo contrario?

Conclusiones:

El seguimiento de Jesús, que tiene como origen un encuentro personal con Él, no se puede entender sin un proceso inicial de conversión que lleva a la reconciliación en una cuádruple dirección: Uno mismo, Dios, los otros, el cosmos. La reconciliación, como experiencia inicial, nos conduce, necesariamente, a la fraternidad en ámbito comunitario y nos impulsa a la misión, a salir de nuestro yo para ir a los otros en la experiencia del mandamiento nuevo de manera misericordiosa y compasiva.

El seguimiento de Jesús implica procesos formativo-catequéticos que cuyos objetivos, metodologías y contenidos se proponen llevar al discípulo a la madurez espiritual y humana en experiencia eclesial, siendo fermento en el mundo.

Los planes pastorales deben contener en el corazón, en sus aspectos esenciales, estos criterios del discipulado.

El Plan Diocesano de Pastoral de nuestra Diócesis a través de sus distintas etapas y fases quiere responder a esas necesidades y urgencias pastorales que exige el seguimiento de Jesús.

Habiendo emprendido el camino de la RECONCILIACIÓN inicial y permanente, nos proponemos dar inicio a la segunda fase, FRATERNIDAD, de la primera etapa del Plan.

Trabajo por Decanatos:

1.- ¿Cómo imaginas la experiencia de la Fraternidad en tu Parroquia?

2.- ¿Qué tenemos que hacer para lograr este ideal?

3.- ¿En tres años, qué tendríamos que implementar en orden a la Fraternidad?

Quiénes Somos:

La Diócesis de Texcoco es una Iglesia misionera, que fiel a Cristo y presidida por su Obispo, integra a través de estructuras de comunión y participación a todos los bautizados y hombres de buena voluntad, que con la riqueza de sus dones y carismas, evangelizan y hacen presente el Reino de Dios.