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Por la Gracia de Dios y de la Santa Sede

Ecatepec de Morelos, Estado de México, a 17 de septiembre 2012


¡La paz del Señor esté con ustedes, y sea siempre nuestro gozo!

Estimados todos en el Señor: el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, ha tenido a bien elegirme para servir al Pueblo de Dios que peregrina en estas tierras. Llego como discípulo misionero al lugar donde nuestra Señora de Guadalupe mostró su amor a Juan Bernardino.

Antes de terminar esta celebración eucarística en la que acabo de tomar posesión como segundo Obispo de Ecatepec, deseo manifestar mi agradecimiento a Dios, al haber manifestado su voluntad en la persona de S. S. Benedicto XVI quien, por medio de Su Excelencia Christophe Pierre – Nuncio Apostólico en México –, me ha pedido ejercer el ministerio episcopal en esta Diócesis de Ecatepec.

En fe y esperanza he aceptado Su designio porque el Señor sabe cómo he sido formado en la Diócesis de Tlapa, que me enseñó a dar los primeros pasos como Pastor. Querida Diócesis de Tlapa: ¡Gracias!

Agradezco la presencia de todos y cada uno de ustedes en esta Celebración. Especialmente al Señor Nuncio Apostólico, quien en diversas ocasiones me ha manifestado su aprecio y su confianza. Pido a Su Excelencia que transmita al Santo Padre mi agradecimiento y el compromiso de mi oración y servicio al Pueblo de Dios.

Agradezco a mis hermanos en el episcopado aquí presentes, su muestra de fraternidad y a aquellos que no han podido asistir, agradezco de igual manera la unión manifestada en su oración.

Gracias a mis hermanos los Misioneros de Guadalupe, Instituto en que me formé y recibí la ordenación sacerdotal, aquí representados por el P. Juan José Luna Erreguerena, Superior General, su presencia es una manifestación de comunión y de fraternidad.

Agradezco a todos los sacerdotes venidos de otras diócesis, por su presencia, ella es muestra de la unidad que Jesús Buen Pastor, quiere para su Iglesia. Lo mismo a cada uno de ustedes hermanas y hermanos religiosos que con su testimonio de vida mediante los consejos evangélicos, son signo viviente de entrega en el discipulado y la misión.

Gracias por estar aquí jóvenes seminaristas, que están en proceso de formación, para consagrar definitivamente, algún día, sus vidas al Señor. Son ustedes la promesa de una pastoral nueva y vigorosa, futuro y esperanza de la Iglesia.

Estimados laicos y representantes de movimientos eclesiales: agradezco de corazón su presencia y más aun su compromiso en la  vivencia de la fe: son ustedes la fuerza de la comunidad al colaborar tan decididamente en la construcción del Reino de Dios, expresión de los bautizados, fieles seguidores del Señor. Juntos continuaremos construyendo la Iglesia que, en comunión, reconoce a Jesús como Salvador.

El buen Dios es quien dirige nuestras vidas y las convierte en lugar de  encuentro con nuestros hermanos y hermanas. Bajo esta consigna de vivir el encuentro con Jesucristo es como deseo dar comienzo al servicio que ahora la Iglesia deposita en mis hombros, deseo colaborar con el Dueño y Señor de la historia de cada persona, desde el concebido hasta el que está por dejar este mundo; desde el fervoroso católico hasta aquél que por diversas circunstancias no comparte nuestra fe, ya que Dios me ha consagrado para servir a todos.

Gracias también a los representantes de los poderes Federal, Estatal y Municipal, especialmente del Sr. Gobernador, Dr. Eruviel Ávila Villegas, al Presidente Municipal de Ecatepec, Lic. Indalecio Ríos Velázquez y al Presidente Municipal electo Lic. Pablo Bedolla López, a los Presidentes Municipales aquí presentes, y a los Diputados Federales y Locales.

Gracias por ser autoridades que ven la trascendencia social de un acto como éste, al cual acuden para estrechar vínculos. Tengan ustedes la seguridad de que procuraré la mutua cooperación para el bien común y el bienestar de nuestro pueblo.

Gracias por su presencia a mis familiares y amigos, su cercanía es muestra del afecto, apoyo y acompañamiento que siempre me han brindado para que pueda continuar, cada compromiso que el Señor me ha ido pidiendo.

No podría dejar de mencionar mi agradecimiento a mis hermanos los sacerdotes de esta Diócesis de Ecatepec por su presencia. Desde el día en que recibí la noticia de mi traslado, han estado presentes en mis oraciones. Recuerden siempre que son ustedes los colaboradores más cercanos al obispo quien, a su vez, les ofrece el apoyo, su cercanía y amistad desde este momento.

Por la Providencia de Dios he sido llamado a ser Pastor, en esta Iglesia diocesana. Son para mí un gran desafío las palabras que del Apóstol san Pedro hemos escuchado:

“Apacienten el rebaño que Dios les ha confiado y cuiden de él no como obligados por la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por ambición de dinero, sino con entrega generosa; no como si ustedes fueran los dueños de las comunidades que se les han confiado, sino dando buen ejemplo” (1Pe 5,1-4).

Estas palabras me convocan para privilegiar en esta Iglesia la comunión, realizando un esfuerzo sincero de conocimiento y cercanía, especialmente con aquellos que se sienten solos y abatidos. No sirve mirar hacia atrás entretenidos en la nostalgia de lo vivido, más bien hay que mirar hacia el futuro.

Llego en un momento privilegiado convocado por S. S. Benedicto XVI, en vísperas del “Año de la Fe”, que inicia el próximo 11 de octubre y terminará el 24 de noviembre de 2013.

Su Santidad, en la reciente carta apostólica “Porta Fidei”[1], habla de la exigencia de volver a descubrir el camino de la fe, para renovar cada vez más la alegría y el entusiasmo por el encuentro con Cristo, proponiendo ante todo, sostener la fe de tantos creyentes que, en medio de la fatiga cotidiana, no cesan de confiar su existencia al Señor Jesús en convicción y valentía, a pesar de las crisis de fe actuales,  expresión dramática de una crisis antropológica que ha dejado al ser humano abandonado a sí mismo, ya sin percibir la ausencia de Dios en su vida en cuanto carencia que debe ser colmada.

El “Año de la Fe”, quiere ser camino que la comunidad cristiana brinda a los que viven con nostalgia de Dios y con deseos de encontrarlo de nuevo.

Estimado pueblo de Dios: llego a esta Diócesis de Ecatepec, consciente de mis limitaciones y sabedor de las exigencias que implica el servicio pastoral en todo sentido, pero confiando plenamente en que el Señor está con nosotros y en que Él nos guardará vayamos por donde vayamos.

Las palabras del libro del profeta Isaías que hoy hemos escuchado me fortalecen ante las tareas ministeriales: “El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido y me ha enviado para anunciar la buena nueva” (Is 61, 1-3).

Estoy cierto de que – como afirmaba San Agustín –: “Aunque me aterra lo que soy para ustedes, me consuela lo que soy con ustedes.  Para ustedes soy obispo.  Con ustedes soy cristiano”[2].  Esta frase, que por su verdad aún hoy se repite con admiración en la Iglesia, nos abre a la comprensión de las dimensiones esenciales del episcopado y expresa la responsabilidad profunda del obispo, conductor del pueblo de Dios.

El lema escogido para mi escudo episcopal expresa lo que soy y deseo ser, cada día más, entre ustedes: “discípulo misionero”. Lema que no es fruto de emociones y sentimientos, sino reconocimiento en mente y corazón de mi amor por el Señor: Él me ha acogido y sólo agradezco lo que de Él he recibido.
 
Como discípulo misionero, hoy asumo en esta Iglesia de Ecatepec, el llamado que desde Aparecida ha hecho la Iglesia Latino Americana, y el impulso de ir a la Misión, profundizando y enriqueciendo todas las formas que permitan convertir a cada creyente en discípulo misionero.
 
Convoco a cada bautizado, a cada movimiento y a cada comunidad a que se conviertan junto conmigo en protagonistas de la Misión. Cuánta razón tiene Aparecida al afirmar: “La Iglesia necesita una fuerte conmoción que le impida instalarse en la comodidad, en el estancamiento y en la tibieza, al margen del sufrimiento de los pobres del Continente. Necesitamos que cada comunidad cristiana se convierta en poderoso centro de irradiación de la vida en Cristo. Esperamos un nuevo Pentecostés que nos libre de la fatiga, la desilusión, la acomodación al ambiente; una venida del Espíritu que renueve nuestra alegría y nuestra esperanza. Por eso se volverá imperioso asegurar cálidos espacios de oración comunitaria que alimenten el fuego de un ardor incontenible y hagan posible un atractivo testimonio de unidad “para que el mundo crea” (Jn 17, 21)[3].

Esta Iglesia de Ecatepec ha sido testigo, desde los inicios de la evangelización, de la predilección de Dios por su pueblo: en esta tierra se realizó la quinta aparición de Santa María de Guadalupe a Juan Bernardino el tío de San Juan Diego, el mismo 12 de diciembre de 1531, manifestándole su amor en su propia casa y curándolo de sus enfermedades. Ahora, en nuestro tiempo, mostrar el amor divino a una sociedad alejada de Dios, sigue siendo gran desafío para la Iglesia.
 
Soy sucesor del ministerio episcopal que iniciara Su Excelencia Mons. Onésimo Cepeda Silva, un 12 de agosto de 1995. Gracias por su entrega a esta Iglesia que peregrina en Ecatepec. Pido a Jesús “Dueño de la mies”, le recompense todos sus esfuerzos y a Santa María de Guadalupe que lo bendiga abundantemente: cuente siempre con mi oración y mi amistad.
 
Ahora nosotros, como Iglesia de Ecatepec, tenemos por delante el gran desafío de continuar asimilando y desarrollando el Plan Diocesano de Pastoral y el Primer Sínodo Diocesano, documentos que he estudiado detalladamente, en ellos me llama la atención su enfoque eclesial y evangelizador.
 
En el Plan Diocesano de Pastoral se afirma que no debe ser tan sólo  una metodología, por lo cual es urgente y necesario que cada parroquia, movimiento y asociación se sumen al mismo, pero en estrecha unión con su párroco y, escuchando además, la voz del Obispo que es la voz del pastor.
 
En el segundo documento del Primer Sínodo Diocesano, la parte titulada: Evaluación de lo evangelizado durante XV años, aparece una pregunta que en esta coyuntura es fundamental y que hoy resuena ante estas circunstancias: ¿qué modelo de Iglesia queremos construir conforme al plan de Dios, en nuestra diócesis? Y más adelante, en el mismo documento aparece la afirmación: La Iglesia transmite la fe que ella misma vive, puesto que no se puede transmitir aquello en lo cual no se cree o no se vive. No se puede anunciar la Buena Nueva sin saber lo que es “estar con Jesús”, pues Jesús es quien impulsa al anuncio, a la proclamación, a compartir lo que se ha vivido.
 
Tanto el Plan Pastoral como el Primer Sínodo, son instrumentos que nos ayudan a llevar a cabo la Misión a la que estamos convocados, pero carecerían de vida, si no los ponemos constantemente en las manos de “Jesús el Buen Pastor”, quien conoce a sus ovejas.
 
Ponerlos en Sus manos por medio de nuestro encuentro con Él en la oración y en la eucaristía, pidiendo a Santa María de Guadalupe al mismo tiempo, que los proteja en su regazo hasta llevarnos a la conversión, la cual nos exigirá nuevas actitudes para que podamos provocar verdaderos procesos en la pastoral, a fin de que por nuestro testimonio busquen, nuestros hermanos y hermanas, conocer más a Jesús y formados como discípulos misioneros, respondan a las necesidades y retos que presenta nuestra Diócesis de Ecatepec.
 
Esta mañana he ido a presentarme a Santa María de Guadalupe en su casa del Tepeyac, para encomendarle el inicio de mi ministerio pastoral en esta Diócesis y a pedir su protección para esta Iglesia diocesana.
 
Oré diciéndole: Señora mía, Madre del verdadero Dios por quien se vive, bendícenos y protégenos en esta nueva etapa de nuestro caminar diocesano: Tú, Madre del amor y estrella que orienta nuestros pasos. Tú, que eres nuestra historia y señal del amor de tu Hijo Jesucristo entre nosotros. Tú, que 
por medio de tu imagen has quedado en nuestros corazones, en nuestras casas, en nuestras comunidades y trabajos, sábete que mucho deseamos ser como Tú en el seguimiento de tu Hijo Jesucristo, danos tu mano para ir siguiendo tus pasos, anunciando el evangelio de la paz y del amor, construyendo desde nuestra Diócesis, una Iglesia viva, alimentada por la Palabra y la Eucaristía, en la cual contamos con la presencia real de tu Hijo Jesucristo, nuestro Señor, que esperamos viva y reine en nuestra tierra, por los siglos de los siglos.
 
Con inmenso gozo inicio esta etapa que Dios me permite vivir, con la esperanza cierta de que será Él, quien dirija los caminos de las ovejas y el pastor, hacia la luz eterna que nos aguarda más allá del horizonte.

Así sea.

+ Oscar Roberto Domínguez Couttolenc. M.G.
Obispo de Ecatepec

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[1] BENEDICTO XVI. Carta Apostólica en forma de Motu Proprio.  “PORTA FIDEI”. Roma. 2011.[2] San Agustín. “Vobis sum episcopus; vobiscum sum christianus”  (Sermo 340,1).[3] V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe. “Aparecida” no. 362