Miércoles de Ceniza

El "miércoles de ceniza" señala el inicio de la cuaresma. Esta es un período intenso de preparación para la pascua, corazón del año litúrgico y síntesis de todos los misterios de la historia de salvación. Las seis semanas que la integran, del miércoles de ceniza a la misa del Jueves santo, constituyen un tiempo de sentida actividad espiritual por parte del creyente, en el que dominan varias actitudes: agradecimiento a Dios por la piedad que muestra al hombre pecador; aceptación y confesión de la propia miseria humana que no lleva a ninguna parte; esperanza por la salvación que el Señor comunica a quien está dispuesto a recibirla; cambio de la tristeza, abatimiento y remordimiento a la alegría de sentirse invitado a una nueva vida; y atención a la Palabra de Dios como lo hizo Jesús en su prueba en el desierto.

Los cuarenta días de la cuaresma evocan un esquema típico de la Biblia: 40 fueron los días que duró el diluvio como castigo a una humanidad perversa (Génesis 7,12.17); 40 los años que el pueblo vivió en el desierto de camino hacia la tierra de Canaán (Deuteronomio 1,1-3); 40 los días de preparación de Moisés y Elías para su encuentro con Dios (Exodo 24, 12-18; 1 Reyes 19,3-8); y ese fue también el período en años o días de los principales jueces y reyes gobernando a Israel (Jueces 3,11; 13,1; 1 Reyes 2,11; 11, 42), del ayuno de Jesús (Mateo 4,2) y también el de su permanencia al lado de los discípulos después de su resurrección (Hechos 1,3). Con esa cifra, la Escritura evoca la condición terrena del hombre, su limitación, experiencia en el mundo, período de prueba, camino en la vida y esperanza de salvación.

El llamado "Miércoles de ceniza" no sólo inicia el período de la cuaresma, sino lo concentra y resume con el símbolo de la ceniza. Esta no es un amuleto, sino: frontera de la experiencia humana en su devenir terreno; señal de sacrificio y de consagración; evocación de la tierra primigenia que Yahvé tomó para construir al hombre, y no señal de miseria, de caducidad o de la nada. Por ello, al ponerse en la frente del creyente en el "Rito de la ceniza" no se le dice que no vale nada o que es peor que ceniza, sino que, recibiéndola, vuelve a su origen y se convierte en un espíritu viviente, según el plan de Dios ("Acuérdate que eres polvo ...": Génesis 2,7; 3,19) y asume el compromiso del “cristiano adulto", que inició con su bautismo ("Arrepiéntete... y cree en el evangelio": Marcos 1,15; 8,34).

Por su parte, las lecturas de la Liturgia de la palabra dan el tono a este día: Joel habla de la conversión y del llanto, del ayuno y del culto sentido, sincero y comunitario que la señalan. No se trata de ritos externos o gestos vacíos, sino de expresiones emotivas y solidarias que manifiestan lo que el creyente es en realidad y lo que quiere llegar a ser en presencia de Dios (primera lectura).

Pablo pasa del gesto a sus implicaciones y consecuencias. Lo que conviene no es tanto la práctica de la penitencia en sí misma, como si fuéramos enfermizos, masoquistas o magos, sino la consecuencia de ser y sentirnos amados por Dios, esto es: volvernos portadores de su reconciliación, con la seguridad de estar ya reconciliados nosotros y poder trasmitir a otros esa misma reconciliación (segunda lectura).

Jesús anuncia su cuaresma e inicia la nuestra. Las únicas actitudes y obras buenas que cuentan son – siguiendo a la tradición bíblica que las generó y vivió - el ayuno, es decir, el empeño ascético y comunitario, en general, y no sólo dejar de comer; la oración, esto es: el fervor en cuanto grito del corazón y escucha de Dios más que el balbuceo de los labios y la repetición casi mecánica de plegarias; y la caridad fraterna que se muestra y demuestra en el perdón de las ofensas y en la ayuda a los menesterosos (evangelio).

Así pues, con la señal de la ceniza en la frente, que indica el serio propósito de hacerle caso a Dios, dentro de una comunidad agradecida, y como una caravana de peregrinos que busca a su Señor, los cristianos iniciamos nuestra cuaresma que nos llevará desde el cenáculo al monte Calvario y al sepulcro para, desde allí, subir al Padre, origen de la vida, cuyo signo por excelencia es la resurrección de Jesús, modelo y ejemplo de lo que será la nuestra.

Este texto forma parte de “Celebrar y vivir la Palabra” Solemnidades y Fiestas de:

A. Tomás Parra Sánchez

Aquí se publica con permiso del autor y del editor:

Ediciones DABAR, S A de C V

Mirador 42, Col. El Mirador

CP 04950, México, D. F.

Tel.: 5603.3630

WWW.dabar.com.mx