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Versión estenográfica de la

Homilía pronunciada por S. E. Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez, Obispo de Texcoco, con motivo de la peregrinación anual de esta diócesis a la Basílica de Guadalupe.

Auméntanos la fe. Queridos hermanos, inmersos en un mundo difícil, ya con horizontes terribles, hemos venido con mucha confianza a decirle: Señor, auméntanos la fe. La violencia ha aparecido, la sangre, el dolor, el clamor en nuestra diócesis, en distintos lugares, se han multiplicado el dolor, las enfermedades. Muchas familias, a todos los sacerdotes cuando celebramos la Sagrada Eucaristía, nos piden hacer oración porque hay alguien que tiene cáncer, hay alguien que sufre diabetes, desesperación, muchas angustias, tanto nerviosismo.

Qué delicia venir a esta casa de la patria, de la Iglesia nuestra y decir: auméntanos la fe. Las incertidumbres económicas son graves, nuestras familias viven estrecheces, desempleo: -mi hijo se quedó sin trabajo, desde hace cuatro meses, un año, no tengo trabajo. Hordas de hermanos que se han ido de la Iglesia, a veces inundan nuestras calles.

Mucho en contra, pero hoy, junto con los niños, me parecen como una corona preciosa de la diócesis en las capillas de esta Basílica, ver a tantos niños de Chimalhuacán que han venido a venerar, han venido a hacer un acto de amor y de esperanza en favor de nuestra diócesis. Me emociona verlos y me nace junto con todos ustedes pedir y comprometernos a resguardar con santidad, a ofrecer una educación de mucha calidad a los niños, a los adolescentes, a los jóvenes, sobre todo en este año en que el Santo Padre nos ha impulsado a tomar en serio la formación, el acompañamiento, la solidaridad con los pequeños, con los jóvenes. Muchas gracias queridas niñas, queridos niños, maestros, que han tenido esa delicadeza de estar con nosotros.

Han venido muchas personas que sufren, han venido muchas personas enfermas, atribuladas. La diócesis cada vez se compromete, no a dirigirles la mirada, sino el corazón, las obras, la misericordia, el estar cerca de ustedes.

Venimos a pedir aumentes la fe, Padre Dios, en los niños, que la hagas una fe sólida, emocionante, lúcida. Que nadie nos la arrebate tan fácilmente como está sucediendo. Venimos también a suplicarle a nuestro Señor por intercesión de la bellísima Totlazonantzin, la hermosísima madre, nos cure, nos consuele, derrame gracias muy especiales en favor de nuestros enfermos, porque ellos tienen tantas dificultades en acceder a la buena medicina, a buenos hospitales, y por eso sus sufrimientos muchas veces son muy severos.

Sigo invitando a mis queridos hermanos sacerdotes, con el obispo al frente, a amar, a cuidar, a ofrecer especial delicadeza pastoral en favor de los enfermos, en favor de

14 de noviembre de 2017

todos los atribulados. Auméntanos la fe. Sí, el árbol de la fe se está secando, no en nuestra diócesis.

Queremos que nuestra diócesis sea un jardín, sea un huerto donde florezca la fe en el único Señor y queremos acercarnos a esa expresión latina, tan bella: crédere, que ¿por qué no decirlo?, significa dar el corazón, vivir con el corazón en la mano. Ofrecer el corazón, traerlo siempre en disponibilidad para nuestro hermano, nuestros hermanos. Padre Dios, recibe nuestro corazón, te queremos, te amamos, te adoramos con todo tu universo espléndido, tu Hijo, tu Espíritu, de corazón. Que todo lo tuyo, de parte nuestra, sea de corazón.

No queremos darte migajas. Nunca queremos entrar a tu casa, a la casa de tus hijos con los pies en rastra, de mala gana, indispuestos, distraídos. Queremos llegar a tu casa con el corazón jubiloso. Auméntanos la fe, a nosotros, los agentes de pastoral, auméntanos la fe. Que cada milímetro, cada centímetro que nosotros vemos en avanzada hacia el servicio pastoral, al servicio de la catequesis, de la enseñanza, de la ministerialidad, sea de corazón.

Se acabaron los tiempos en que cumplíamos, en que simplemente dábamos lo indispensable. Señor, que tu Iglesia, tu Diócesis de Texcoco, con esa fe que Tú le das, con ese impulso espiritual, sea un lugar como nos lo ha dicho hoy tu hijo, de servicio.

Somos tus siervos, queremos ser tus servidores. Queremos estar contigo, en tu causa, en tus ilusiones, en tus proyectos, en tus propuestas, en todo ese universo tan rico que nos regaló nuestro divino Señor Jesucristo.

Y por eso, mis queridos hermanos, estamos en la escuela del servicio, mejor, estamos con la sierva del Señor. Estamos con el modelo perfecto de servicio. Desde las puertas de la aurora hasta el ocaso, la Santísima Virgen, humilde servidora, servidora fiel, servidora en todos los frentes de batalla: servidora de Dios, servidora de su hijo, servidora de la Iglesia, servidora de los apóstoles, de cuántas personas que ni nos imaginamos, la Santísima Virgen fue una gran servidora. Lo vemos por ejemplo, cuando visitó a Santa Isabel que estaba triste, encerrada, acomplejada, temerosa. Se iban a burlar de ella. La Santísima Virgen llegó y les cambió la vida a Zacarías y a Isabel.

Madre, ven de nuevo a visitarnos. En 1531, tú llegaste y escogiste a un miembro de nuestra diócesis, San Juan Diego Cuauhtlatoatzin pertenecía al Reino de Texcoco. Tú lo escogiste madre hermosa, para que fuera tu fiel mensajero. Tú lo escogiste para que contigo fuera punto de unión y modelo de servicio. Tú lo pusiste en contacto con el cielo mediante tus cantos, mediante la suavidad y hermosura de tu palabra. Tú lo pusiste en contacto con la Iglesia para que buscara al obispo y que no caminara sin los sagrados pastores, como hoy muchas personas se han alejado de esto que es lo más bello: la Sagrada Eucaristía, la Santísima Virgen y los sagrados pastores.

Ve con el obispo, busca al obispo, que el obispo me escuche, que el obispo me apoye, que el obispo sepa, que el obispo resguarde, que el obispo construya la casita, porque el obispo debe ser punto de encuentro, vínculo de unidad en tanta diversidad. Ve con el obispo.

Por eso, madre, enséñanos a servir, enséñanos a vivir, enséñanos a caminar como tú, que cuando nos visitaste, a San Juan Diego también le permitiste tener la satisfacción de llegar al mundo del dolor.

Nuestra Señora de Guadalupe es la servidora, la gran servidora. Es el primer registro de la primera persona que en México curó un enfermo, visitó un enfermo, se detuvo ante un enfermo.

Queremos que nuestra diócesis servidora, bajo la inspiración de la Santísima Virgen, y sabiendo que Texcoco ahora es su reino, pequeñito, su reino inicial, nos llene de ese sentimiento, de ese horizonte, de ese espíritu.

En este mundo, como decíamos, tan difícil, caminar con Dios, para Dios, caminar con Jesús, para Jesús, caminar con la Iglesia, caminar con los pequeñitos, caminar con los enfermos, caminar, en fin, con todos nuestros hermanos.

Una diócesis diferente –como todas las de México están luchando por serlo- una diócesis hogar, hogareña, una diócesis acogedora, una diócesis sencilla, una diócesis humilde, una diócesis que con su modestia sea atractiva y que con esa luz tan hermosa que hemos venido a recoger –auméntanos la fe- nosotros podamos aumentar también la felicidad de amar, la felicidad de ser hermanos y de nuestro proyecto diocesano, reconciliados, que nunca se quede nadie fuera del alcance de Dios. Que nadie sienta el invierno, el rigor de la soledad, del desprecio. Una Iglesia que reconcilia, que renueva, que re-entusiasma y que creativa, sigue plantada en la casa del Señor.

Así sea.

 

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La Diócesis de Texcoco es una Iglesia misionera, que fiel a Cristo y presidida por su Obispo, integra a través de estructuras de comunión y participación a todos los bautizados y hombres de buena voluntad, que con la riqueza de sus dones y carismas, evangelizan y hacen presente el Reino de Dios.

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