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Homilía de Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez, Obispo de Texcoco

Domingo de Ramos

 

28 de marzo de 2021

 

“Levanten sus manos hacia el santo, y bendigan al Señor”. Queridos hermanos, expresiones de esta naturaleza encontramos muchísimas en la sagrada escritura, ahí se había profetizado que cuando llegara el Hijo de Dios, El Mesías, El Inocente, El Justo, muchas personas levantarían sus ojos hacia Él, levantaríamos nuestras manos, para aclamarlo y pedirle salvación, auxilio y protección, y que, hablaríamos bien de Él, de Dios, porque Dios es bueno, porque Él hace bien las cosas, porque Él hace mucho bien, y por eso quiénes le pertenecen,  ‒ gracias a Dios por su misericordia infinita todos nosotros le pertenecemos ‒  aclamamos y bendecimos al bueno, al justo, al inocente, en una forma completa y perfecta, cabal.

 

Mis queridos hermanos, pero enseguida, cuando la Iglesia proclama o escucha el relato de la Pasión de Jesús; este Domingo de Ramos nos ha tocado, según el texto de San Marcos, descubrimos claro, mil cosas, mil enseñanzas, porque la cruz de Cristo, es la suprema escuela de sabiduría, es ahí donde nosotros podemos encontrar las enseñanzas más sublimes para conducirnos en la vida, para reaccionar, para orientarnos, para decidir, para comportarnos.

 

Pero en esta ocasión mis queridos hermanos sólo quiero resaltar para ustedes, para mí su servidor este aspecto, Jesús entró a la historia, al seno de la Santísima Virgen, a la comunidad humana, y se despidió de ella en una forma pura, intachable, inocente; y en los relatos de la pasión sobre todo, claro qué a lo largo de toda su vida esto aparece, debe preocuparnos o enseñarnos este aspecto, ¿cómo hay proyectos, personas y planes para matar a los inocentes? ¿Con qué facilidad y con qué astucia, se elimina y se hace un lado a los pequeños? Me lo repito a mí mismo tantas veces, a los inocentes, esto como vemos en el Santo Evangelio, comienza como una tentación, de buscar, planear, cómo hacer a un lado a ciertas personas; repito como que sobre todo a los pequeñitos, a los inocentes.

 

Y de ser una tentación, se convierte en una acción permanente, sistemática: lo vemos desde que el Faraón quiso eliminar a los niños recién nacidos, y lo vemos después en la historia de Israel de muchas maneras, y hoy, vemos que perfectos, que bastos, qué bien presentados los proyectos para asesinar a los niños en el seno materno, para no hacer respuestas concretas y lúcidas a nivel social, político, económico, en favor de los necesitados, en favor de los pobres, en favor de las personas que sufren; y esta mis queridos hermanos, es una de las constantes más tristes del ser humano, incluso este tipo de actitudes, muchas veces llegan a los lugares sagrados, como podría  ser la Iglesia, las comunidades cristianas, como podrían ser las familias.

 

Pero mis queridos hermanos, la celebración de la Semana Santa, de Triduo Pascual, del Misterio de Cristo, nos asegura una verdad infinita: toda víctima inocente, ninguna víctima inocente, estará jamás abandonada en forma irremediable, en forma absoluta, siempre hará, siempre habrá quienes busquen defensa, justicia; y Dios nuestro Padre, completamente comprometido en ofrecer justicia divina, gloriosa, en favor de los inocentes; Jesús es la garantía de que toda persona que sufra injustamente, abusivamente, será restaurada a la vida, a la gloria, al éxito, a la felicidad definitiva.

 

Mis queridos hermanos, durante esta Semana Santa, todos nosotros pongámonos, como discípulos fieles de Jesús, a aprender de esta sagrada escuela de vida, sagrada escuela de santidad, y de vida eterna, y también descubramos como en torno a esta persona tan bella que es Jesucristo, a pesar de tanta adversidad y tragedia, Dios siempre le acercó personas amables, caritativas, bondadosas, lo digo porque el texto al final nos lo recalcó: las santas mujeres, las piadosas mujeres, las mujeres que habían venido con Él desde Galilea, incluso aparecen los nombres de algunas de ellas, pero diciendo, la lista fue muy grande; y a ellas, a estos corazones tan bellos, hay que añadir el de Nicodemo, el de José de Arimatea, el del Cirineo, que acompañaron a Jesús con el evangelista, hasta el último momento de su vida.

 

Por qué resaltó esto mis queridos hermanos, porque me interesa hacer un llamado, a las mujeres de toda mi Diócesis, a qué conviertan su corazón en defensa, abrigo, en favor de la vida, en favor de las causas difíciles que padecen los pobres, los inocentes, aquellos que han sido envueltos en grandes tragedias por la miserable condición humana. Ojalá en nuestra Diócesis, se multipliquen,  ‒ pero en una forma preciosa ‒  las mujeres que realizan un entorno de amor, de compasión y misericordia, en favor de tantas necesidades que existen en la actualidad, y que ellas se conviertan en esa presencia indiscutible de Dios, que arropa, acompaña, a los pequeños y a los inocentes en la adversidad. Así sea.

 

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