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Homilía de Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez, Obispo de Texcoco

 Jueves Santo: “La Cena del Señor”

 

01 de abril de 2021

 

“Lávense los pies también ustedes, unos a otros”. Mis queridos hermanos, la sagrada liturgia del día de hoy, como recoge elementos importantísimos, experiencias muy bellas que vivió el pueblo de Dios. Quisiera detenerme en algunos detalles que sin duda nos edifican muchísimo a todos nosotros siempre pero en especial el día de hoy; en una ocasión Nuestro Señor llegó hasta la tienda, hasta la casa de Abraham y el patriarca salió gozoso, educadísimo, a recibir a Dios, y lo primero que le ofreció comentándole, “si te caigo bien, sí he hallado gracia ante tus ojos déjame traer agua para lavarte los pies”.

 

Queridos hermanos se ve que ese acontecimiento es memorial, y es uno de los motivos por los que el patriarca Abraham es el padre de los creyentes, significando con ello, que la fe, la confianza, la entrega a Dios, tiene un sentido bellísimo cuando también nosotros sabemos ser educados, correctos, anfitriones. Abraham quiso lavarle un día los pies a Dios, esto que no se nos olvide, porque cuando llegó Cristo el Hijo de Dios,  ─ ahora dice el Capítulo 13 del Evangelio de San Juan ─   “El Hijo de Dios nos lavara los pies, el hombre a Dios, Dios al hombre”.

 

Y esto mis queridos hermanos, otra vez en un marco bellísimo de una educación verdaderamente excepcional, a mí me gusta pensar en lo que se refiere a mi persona, que difícil es que un varón se levante de la mesa pensando en servir a los comensales, eso lo hacen con mucha naturalidad, en una forma espontánea y permanente, ciertamente las mujeres; yo lo he observado con qué facilidad, con que prontitud una mujer se levanta de la mesa para traer el mínimo detalle para sus hijos, para su esposo, para los invitados, en cambio a un varón es muy difícil como lo hizo Cristo, con esa finura de alma, que estando ya sentados, apoltronados bien acomodaditos para cenar, Él se levantó, se quitó el manto y se puso una toalla para servir, empezando por el lavatorio de los pies de los discípulos.

 

Digo, queridos hermanos, como de principio a fin, Jesucristo es un modelo de vida, es un modelo de cortesía, de finura, de delicadeza, de entrega; el mismo evangelista por eso lo dice: «es que amaba, había amado y había amado intensamente, y amo hasta el extremo, amo de sobra, amo hasta el final»; eso mis queridos hermanos, a nosotros nos ha dejado el gran mensaje de un amor nuevo, de un amor diferente, de un amor perdurable, y de un amor intachable.

 

Cuántas veces nosotros tenemos mucha fatiga, sobre todo en nuestros tiempos actuales, cómo nos cuesta amar, como nos cuesta verdaderamente corresponder; y no solamente es un amor de correspondencia, no solamente es un amor recíproco, sino que es un amor de donación, y de donación total. Es bonito el amor recíproco lo decía Cristo, hasta comentando, no tiene mucho mérito saludar a quién te saluda, atender a quién te ha tendido, corresponder a quién te obsequio algo; el amor grande mis queridos hermanos, incluso supera la reciprocidad, y por eso lo veremos en la Sagrada Eucaristía, después de lavarles los pies a sus discípulos, como Jesús nos regalara su cuerpo “Este es mi cuerpo y lo entregó. Esta es mi sangre y se derrama”. No sólo es, “estoy a tus órdenes” si no, “Este es mi cuerpo, te lo entrego, te lo regalo”

Cuántas veces nosotros sacerdotes, hemos vivido la experiencia de lo que se llama: tomar posesión de una parroquia, tomó posesión de una Diócesis; ojalá mis queridos hermanos, cada vez cambien esas actitudes, esa terminología, y mejor digamos: “vengo a que esta parroquia tome posesión de mí, tomé posesión de mi ser, cuerpo y alma”, yo vengo a que ellos sean los beneficiarios, sean los dueños de lo que Dios me ha dado, y del amor que yo les tengo; no vengo a tomar posesión de mi Diócesis, quiero que mi Diócesis, tomé posesión de mí.

 

Y es ahí mis queridos hermanos, dónde está el punto clave de la experiencia cristiana, y esto, porque no comentarlo, lo saben hacer perfectamente las mamás, las mamás dejan que sus hijos, dejan que el niño tome posesión de su seno, de su vientre, dejan que el niño tome posesión, que su hijo disponga de su pecho y se alimente justamente de ellas, esta es la clave tan bella que hoy la iglesia quiere recoger, con tanto respeto y con verdadera pasión, para que el giro de la vida y de la historia, finalmente se vuelva profunda, verdaderamente, auténticamente cristiana.

 

Y así, mis queridos hermanos, vemos otros acontecimientos en donde aparece por ejemplo, el encuentro de Moisés con Dios en La Zarza, en el Sinaí cuando le dice “quítate las sandalias”, eso es admirable, el mensaje es muy bello, porque este lugar es santo, aquí tú no mandas, aquí tú no eres el que decide, aquí tú no eres el que domina, aquí tú eres un servidor, aquí vienes a recibir; a Josué lo mismo, antes de entrar a la tierra prometida “quítate las sandalias”, le dice el ángel, porque este lugar que pisas es Tierra Sagrada. Con qué facilidad pues, mis queridos hermanos, tenemos nosotros el gusto de poseer, el gusto de mandar, el gusto de ser los importantes.

 

Hoy Cristo nuevamente desde muchos aspectos nos da esa enseñanza sagrada, dejemos que Dios sea el Señor, el dueño, el que da los criterios de vida, el que dirige los movimientos, el que va delante de nosotros, como Jesús, enseñándonos amar; en este día pues toda la Iglesia, recuerda por ello, con tanto amor y emoción, la Institución de la Sagrada Eucaristía; cuando Él nos dejó pues, su Cuerpo y su Sangre, que es lo más grande que puede tener una persona, lo más delicado, lo más valioso, que es su propio cuerpo y nos dejó su sangre. Si nos deja el cuerpo es porque el Cuerpo se ve, si nos deja su Sangre, es porque nos deja hasta lo que no se ve; y de esa manera descubrimos en Jesucristo, el misterio del amor perfecto, e infinito de Dios.

 

Y finalmente pues, mis queridos hermanos, está la Institución del Sacerdocio de Cristo, en donde él nos hace servidores de los demás, nos hace aquellos que comienzan a relacionarse con sus hermanos lavándole los pies; si quieren hagamos la referencia a los tiempos antiguos, cuando no había zapatos, cuando no había botines o botas, y las personas tenían que hacer grandes trayectos caminando, y nos sobre pavimento, no sobre empedrado, sino precisamente entre el polvo, y eso hacía que la sudoración de los pies fuera completamente desagradable, y eso hacía que, los forasteros, los migrantes, pues, fueran personas automáticamente rechazadas.

 

Jesucristo lavó los pies a sus discípulos con el fin de quitarles lo más desagradable, los olores, los humores más desagradables que puede tener una persona, y entonces poder convivir, poder celebrar, en este caso la comida, La Cena Pascual. Así pues mis queridos hermanos, vamos pidiéndole a nuestro Señor que nos envíe, que nos regale servidores, al estilo de Cristo, en las familias, en las casas religiosas, en los seminarios, en las Diócesis, en las parroquias; vamos pidiéndole a Nuestro Señor, que cada vez el espíritu del servicio en el amor, sea la nota característica de la Iglesia de Jesucristo, que está presidida y fundada precisamente en los sagrados misterios que fuertemente a partir de hoy, celebramos con el Triduo Pascual. Así sea.

 

 

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