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Homilía de Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez, Obispo de Texcoco

 II Domingo de Pascua, de la Divina Misericordia

 

11 de abril de 2021

 

Queridos hermanos, con este saludo el día de hoy, toda la Iglesia recoge hasta tres veces, en boca de Nuestro Divino Señor, y resaltando que es la primera palabra que Él pronuncia, al resucitar de entre los muertos, después de ser víctima de la violencia más atroz, terrible, múltiple; para nosotros tiene un sentido y un universo muy especial, lleno de luz para nuestra vida, para nuestro interior, para nuestras comunidades: “La paz sea con ustedes” dijo Jesús a los Apóstoles, y a través de ellos, a todo hombre de buena voluntad, a todo hombre que crea, que reciba la gracia de Dios, la sabiduría de Dios a través de Jesús. Es como la flor que adornará siempre su propia persona, la flor más hermosa que dejará a la Iglesia y a todo ser humano que tenga contacto con Él.

 

Por eso, queridos hermanos, dejémonos saludar, dejémonos adornar, por este regalo tan bello de Jesús, que es el que tanto  anhelamos, necesitamos, sobre todo en nuestros tiempos actuales: “la paz, la paz interior, la paz del alma, la paz en las comunidades; sin la paz todo lo desbaratamos, todo lo hacemos difícil y conflictivo; la paz nos da la armonía de la vida, de las decisiones, de nuestros encuentros, de todo lo que somos.

 

Por desgracia vemos como la violencia sigue, sigue y persigue, y se multiplica, y se ensaña contra nosotros; en México la violencia ha llegado a todos los rincones de la Patria, y medio nos queremos consolar cuando se dice: estamos tomando medidas contra la violencia, va a haber mejores leyes  – por ejemplo, leyes más estrictas –   vamos a tener circuitos cerrados, cámaras, vamos a tener mejores policías, mejores armamentos, mejores patrullas; y se nos olvida que la solución de la violencia, está en el alma, la mejor solución, la mejor forma de combatir la violencia es nuestro corazón. Decía Jesús “del interior es de donde sale lo mejor” también lo peor: los deshechos, los malos olores, las malas palabras, los malos deseos, los malos pensamientos brotan de dentro, y eso es peligroso, eso es lo que ensucia, eso es lo que hace daño.

 

Queridos hermanos, que agradable es saber, comprobar, que Jesús es la solución, Él  física, espiritual, moralmente es la solución contra la violencia; el Apóstol San Pablo lo dijo tan hermosamente “Él es nuestra paz”, no hay paz más auténtica que la que brota de Jesús; “Él es nuestra paz”; de ahí que solo cuando desterramos de nosotros la ignorancia, el egoísmo, la lejanía de Jesús, brota la paz, pudiendo Jesús ponerse a reclamarle a medio mundo empezando por los Apóstoles, empezando por aquellos que lo habían seguido, y por las Instituciones ya sea las judías o romanas, Jesús: “Tengan paz”, de mi parte ‹les ofrezco la paz›; porque Él no era egoísta, Él nunca fue soberbio y prepotente, Él tenía perfectamente resuelto ese asunto macabro del egoísmo, del egoísmo propio, del egoísmo comunitario.

 

Cuantas veces nosotros hemos visto en instituciones, en movimientos, incluso bien nacidos, religiosos, familiares que terminan en los brazos del egoísmo y, todo se derrumba, y todo se emponzoña; por eso vienen tantas violencias, sutiles, pero por lo general despiadadas, muy violentas. Bueno hoy, queridos hermanos, ustedes y yo pidámosle a Nuestro Señor, al Príncipe, al Maestro de la Paz, que nos compenetre, que nos regale pero en serio   – o sea que nosotros lo valoremos –   este don infinito de la paz, porque así todos esos desequilibrios que nosotros vamos haciendo se irán resolviendo.

 

 

Lo vemos por ejemplo en el caso del Apóstol Tomás; ¡Sí! tal vez su egoísmo, sus intereses ‹andar haciendo sus cosas, andarse ocupando de sus compromisos o criterios› lo aparto de la comunidad y se fue; hay un cierto dolor en el Evangelista cuando dice: “Tomás no estaba, Tomás no estaba ahí”, Tomás no estaba con ellos, Tomás no estaba donde tenía que estar; y como le hizo daño, como endureció su corazón, y como le puso una barrera muy dura frente a la comunidad, frente a los Apóstoles.

 

Pero bueno, queridos hermanos, aquí esta un ejemplo de como Jesús con su dulzura, con su delicadeza, no egoísta, no egoísmo, logra quitarle a Tomás su egoísmo, curarlo; y pues, un detalle que ojalá nosotros sigamos apreciando y buscando en nuestra propia historia es: ‹mira, aquí están las señales de mis llagas, aquí están mis heridas, yo vine a amar, yo vine a amaros en serio, yo vine, no a ser egoísta, sino a dar mi vida, aquí están las pruebas en mis manos, en mi costado, en mis pies›.

 

Como sentiré gozo al ver tantas personas cristianas que hoy, con mucha elocuencia espiritual, imperceptible, cuantas abuelitas y abuelitos hoy con sus canas, con sus arrugas, con su encorvamiento, con sus dificultades para caminar van gritando, van proclamando el Himno del Amor “yo estoy así porque me he entregado para mis hijos, para mi familia, para mi comunidad”; lo digo porque yo debo valorar cada que veo una persona, cada que vea unas canas, cada que vea unas arrugas, cada que vea la torpeza física de una persona, he de mirar, contemplar y agradecer a Dios, a Cristo, que el amor ha sido fiel, que el amor ha sido verdad como lo fue en Jesucristo Nuestro Señor.

 

Por eso Tomás se convirtió y cayó a los pies de Jesús diciendo estas palabras inmortales para nuestro itinerario de fe “¡Señor mío y Dios mío!”, como algunos traductores o como algunos escritores quieren decirnos, por miles de años la Iglesia católica así lo repetía, así lo proclamaba en todas las comunidades cristianas “¡Señor mío y Dios mío!”; y ponerse humildemente en la escuela del amor verdadero.

 

No quisiera mis queridos hermanos, terminar esta humilde Palabra para ustedes y para mí, sin resaltar lo que Nuestro Señor dice al final: “Tú has creído porque has visto, dichosos los que sin haber visto, creerán”; ¿que estaba diciendo?, ¿Qué significan estas palabras de Jesús? Esto estamos haciendo, ustedes que forman parte de la Iglesia, “Yo voy a tener personas, comunidades que sin haber visto, han creído”; el Señor se sentía orgullosísimo, seguro, que mucha gente a lo largo de los siglos, le darían su corazón, su confianza, su lealtad, sin haberlo visto; como les ha pasado a ustedes y a mí.

 

Queridos hermanos, pidámosle a Nuestro Señor que Él conserve en nosotros, esa fe  que Él pre anunció, profetizo, ‹yo voy a tener muchos niños, muchos jóvenes, muchas familias, que sin haberme visto, han creído› creerán por la palabra de ustedes, por el testimonio de los Apóstoles, de los sucesores de los Apóstoles como son: los sacerdotes, las catequistas, el Obispo. Queridos hermanos, valoremos, disfrutemos, cultivemos, esa fe tan especial, ese creer sin haber visto. Así sea.

 

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