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Homilía de Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez, Obispo de Texcoco

V Domingo de Pascua

 

02 de mayo de 2021

 

“Yo soy la vid, la auténtica”. Mis queridos hermanos, desde la historia de la salvación, desde las primeras páginas de la revelación, aparece la vid, la vid como salida de las manos de Dios, y este árbol bendito, orientado directa, profundamente hacia el ser humano; estaba en el paraíso y de ahí, de sus  hojas Dios tomó digamos, la fuente de salvación en ese momento para el hombre y la mujer que sufrían la vergüenza tan grande de estar desnudos, de quedar exhibidos, y por lo tanto en peligro, muchos peligros: no digamos desde el calor, el frío, los animalitos y entre ellos mismos, sobre todo prestándose eso para  los abusos.

 

Aparece después la vid, cuando Dios realiza otro momento salvífico muy bello; en el paraíso Dios había tratado de cubrir al hombre y a la mujer con unas hojas muy bellas de la vid; y ahora Dios facilitaba a Noé el fruto de la vid para que pudiera celebrar el triunfo sobre la muerte, sobre el pecado, y por desgracia otra vez se convierte como en una experiencia amarga, porque Noé se embriaga y queda desnudo tirado en el suelo en medio de su tienda, y de ahí surgió un pleito y una división de familia; Cam se burla y casi maldice a su padre, y después su padre también maldecirá a su hijo; ¡claro! surge también la bendición de aquel hijo Sem, Sem respetuosamente cubrió a su padre en su desnudez y obtuvo una bendición infinita; de ahí vendrán los pueblos Semíticos, ciertamente Israel.

 

Queridos hermanos, más adelante los Profetas, ‒ cito únicamente al profeta Isaías ‒ dice que Dios seguía con las ganas de tener una vid, un viñedo, y que eso fuera su pueblo «Sacaste de Egipto una vid, la trasplantaste y creció, y sus ramas eran bellísimas, y sus frutos muy agradables», pero con el tiempo esa vid en lugar de producir fruto bueno, uvas deliciosas, empezó a producir uvas agrias y fue, de hecho en la historia de Jesús, es lo único que Él rechazará: el vino corriente, el vino – vinagre; como se decía en el Norte del país cuando de Guadalajara mandaban el vino en las recuas, y se echaba a perder por el calor y porque iban pegaditos los recipientes a la pancita de los burros ‹contestaban vino no vino, vino vinagre›, así pasó en Israel, pero Dios seguía con  ese propósito de que su pueblo, Israel, fuera como un viñedo, un viñedo que pudiera producir, florecer, madurar, dar frutos, uvas de las que pudiera sacarse vino exquisito, por lo tanto, que finalmente el vino fuera el que alegrara el corazón del hombre, también se dirá “Alegra a los Dioses y a los hombres”, y no fue así.

 

Pues queridos hermanos, hoy nosotros tenemos una realidad, hoy tenemos la experiencia de que finalmente apareció la vid auténtica, la vid esperada, la vid que podrá dar muchas ramitas, hojas, fruto y un vino exquisito; y así inaugurará Jesús su sagrado ministerio, ofreciendo en Caná un vino exquisito como nunca lo habían visto los mejores expertos, «¿de dónde sacaste este vino? ¿por qué dejaste hasta el final este vino? si todo el mundo saca rápido el vino bueno, y al final pues ya el que sea, Tu en cambio…» como diciendo Dios en cambio tenía guardado, esperaba sacar en la plenitud de los tiempos, en la persona que si le sabría entender y responder a Dios “Jesucristo” la vid verdadera, genuina, deliciosísima, que daría la paz, la comunión y la alegría profunda a toda la humanidad.

 

Y Jesús, así como inaugura su sagrado ministerio con vino abundante y exquisito, también se despide de sus Apóstoles regalándoles una copa de vino, un pan y una copa; decía el Salmista: “El vaso de las salvaciones, la copa con que se celebran los triunfos, las victorias”; el pueblo de Dios tiene que ser un pueblo victorioso, exitoso, exitosísimo, feliz, que sabe adorar y bendecir al autor de las salvaciones. Lo vemos nosotros en el deporte mismo: el gran premio de la Fórmula Uno, los grandes premios, los Oscares, siempre se celebran con un brindis, si de champagne o de lo que sea pero se tiene que tener una copa que significa éxito, que significa triunfo, que significa felicidad.

 

Hoy a nosotros que nos quede claro ‹esto solo viene de Dios, este vino exquisito solo lo puede dar el Hijo de Dios›, “Yo soy la vid y ustedes…” imagínense que privilegio para nosotros sus discípulos escuchar ‹y ustedes son mis ramitas, y ustedes son los que van a producir los racimos, y ustedes van a conservar las uvas, van a sostener y a dar las uvas, yo nada más soy el tronco y a ustedes les toca producir las uvas, los racimos, los frutos, el vino exquisito› y que no se me pase decir, es lo único que Jesús, el autor del vino bueno rechazó en el último instante de su vida, cuando los soldados le quisieron ofrecer vinagre, Jesús lo rechazo, no lo quiso; Él era el autor, Él era el creador, el que confecciona el vino mejor, el que de verás nos cura y nos alegra, como es la voluntad de Dios.

 

Mis queridos hermanos, bueno pues lleguemos a una lectura eclesial, lleguemos a una lectura actual; no tengamos miedo pertenecer a este árbol de vida que se llama Jesús, nunca nos avergoncemos hoy, de estar perfectamente integrados a su Iglesia Católica; solo en la Iglesia nosotros podemos ser las ramitas, los sarmientos perfectamente vinculados al tronco, y de ahí producir verdor, vista muy agradable, y ¡claro! los racimos, el vino exquisito que necesita la humanidad para ser feliz, para alegrarse, no para hacer el ridículo, no para frustraciones, no para tragedias, sino vida abundante, vida feliz.

 

Y me permito ir más lejos, en las familias los papás son el tronco del árbol, son el buen tallo de Dios que sostiene las ramitas que son sus hijos, por eso cada vez tenemos que apostar porque los matrimonios, porque las parejas sean buenas, lleguen al sacramento del matrimonio con amor, con ilusión, con alegría, con felicidad, para que así las ramitas que son sus hijos sean felices; y tenemos que hacer muchas comunidades que sean vid, que produzcan, que sostengan a otros, no nos de vergüenza pertenecer, pertenecemos a nuestra Iglesia amadísima esposa de Cristo, pertenecemos a nuestras familias cristianas; no dejemos que el ritmo del nuevo orden mundial nos quiera cortar de tajo, separar para hacer con nosotros pues eso: ramas secas, ramas caídas, ramas infructuosas, ramas que se echan al fuego y perecen.

 

Muchas ideologías, muchos egoísmos culturales y sociales, hoy quieren arrancar a los jóvenes de sus padres, de la autoridad moral y de la autoridad espiritual de sus padres, de su Iglesia, para hacer con ellos fuego, devastación, derrota total. Que no nos avergoncemos de pertenecer pues, a nuestra Iglesia, a nuestras familias, que no nos avergoncemos de nuestros padres, que no queramos ser nosotros superiores a ellos, más sabios que ellos, que nosotros desde pequeñitos enseñemos a los niños el gozo de pertenecer, el gozo de estar unidos al tronco, a su familia, a su Iglesia, a su comunidad, a su patria.  

 

Cuánto daño están haciendo las Instituciones, las personas que, predicando, exigiendo tan abusiva, tan corrientemente los Derechos Humanos, quieren sacar a la mujer de su hogar, quieren sacar a los niños de la enseñanza y de la autoridad de sus padres, para hacer con ellos esos desastres sociales y culturales que por desgracia estamos viviendo. ¡No! pertenecer, estar unidos, quedarnos en… seguir recibiendo la vida, la sabiduría, la fortaleza, la comunión de esos árboles sagrados que Dios ha puesto para que nosotros tengamos vida. Esto lo suplicamos hoy al celebrar la Sagrada Eucaristía. Así sea.

 

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La Diócesis de Texcoco es una Iglesia misionera, que fiel a Cristo y presidida por su Obispo, integra a través de estructuras de comunión y participación a todos los bautizados y hombres de buena voluntad, que con la riqueza de sus dones y carismas, evangelizan y hacen presente el Reino de Dios.

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