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Homilía de Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez, Obispo de Texcoco

Institución del Ministerio de Acolitado a Seminaristas

24 de marzo de 2022

 “Vengan, ¡aclamemos al Señor!, celebremos a la Roca que nos salva, acerquémonos llenos de júbilo, démosle gracias”. Esta ha sido la respuesta que nosotros como Iglesia, como Seminario, como Diócesis, queremos dar a la Palabra de nuestro Divino Señor. Bien sabemos que todo el misterio de Cristo pues tiene una raíz infinita, claro en el corazón de Dios, en la creación del hombre, en la historia humana, en la historia de Israel; y por eso, es muy importante que nosotros nos acerquemos siempre a la Escritura en una forma obsequiosa, en una forma noble, sencilla, como tanto se los recomiendo el día de hoy, esto, sobre todo nuestro querido Seminario seguirá buscándolo, procurándolo, y viviéndolo intensamente.

Me gusta comentarles que, los maestros de Israel decían “como debemos tener cuidado con la Sagrada Revelación, con la Torá, porque tiene setenta rostros”; Jesús utilizará esa expresión para decir que el amor de la Iglesia se expresa con mil rostros, y que se demuestra con el perdón  ‒ de no siete‒  sino setenta veces siete; y por eso hoy digo, recojemos la Escritura con una gran fe, con una delicadeza especial “Esta es la orden que yo he dado a mi Pueblo” ‒dice el Profeta‒ “que escuchen”. Así se fundó Israel, Israel es el pueblo que escucha, no es el pueblo que camina a su antojo, bajo caprichos, bajo criterios humanos.

Hoy el Profeta dice, que de Israel se vino todo abajo, cuando ellos caminaron según sus propias ideas, caminar con las ideas propias es caer en la maldad ‹te encaprichas en tus ideas, y empieza la maldad›, y de la maldad sigue la dureza del corazón; como se nos enseña en el Pueblo de Dios a guardar el corazón, porque el corazón se puede agujerear y entonces es como un cedazo que tira, derrama el contenido sagrado de la sangre; o se puede dividir, como al Rey salomón le sucedió, empezó muy bien pero, dejo de escuchar al Señor, siguió sus decisiones propias, el corazón se le dividió, y ya no fue capaz de amar, ya no fue capaz de servir al Señor. Y luego la tercera fase de esa enfermedad del corazón, ‹se endurece›. A Israel muchas veces se le endureció el corazón, y cómo se recomendaba, “No endurezcan el corazón” como el día que se rebelaron, el día que murmuraron, y que despreciaron, y pusieron a prueba al Señor en Masá, en Meribá, por eso Él  tendrá que llevarlos, claro al Sinaí, y a Qadesh Barnea.

Queridos hermanos, que en la Diócesis, el Obispo, los fieles, los agentes de pastoral, los seminaristas luchemos, hoy supliquemos al Señor, esta capacidad de escucha; estos jóvenes que van a recibir los Ministerios, va a ser de lo que más van a cuidar  ‹El don sagrado de la escucha, el privilegio de saber escuchar› porque el que escucha ‹escuchar es amar, escuchar es servir, escuchar es convertirse en una persona sabia, buena; escuchar es convertirse en una persona útil, agradable a Dios›.

Dice el Profeta ‒agrandando este tema de la escucha‒ que si no lo hacemos, entonces ya no le vamos a dar la cara a Dios: también es de las enseñanzas bellísimas de la Iglesia y del Pueblo de Dios “Tener rostro, dar la cara”, no la espalda; en ocasiones, hoy el mundo  ‒por ejemplo‒  quiere dar la espalda a Dios, bueno personas, gracias a Dios los creyentes, los discípulos de Cristo le damos la cara, lo miramos, lo escuchamos, le sonreímos  ‒y como dice el salmo, el salmista‒  hasta le aplaudimos, lo celebramos, le cantamos, lo festejamos; pero no hay que dar la espalda, y no hay que dar la espalda a Dios. Y ustedes queridos jóvenes, que se acercan el Ministerio, esto también recuérdenlo como en un momento solemne de su vida ‹nunca le den la espalda al pueblo, caminen con el pueblo, háganse amigos y déjense querer incluso por el pueblo›; no solo que el Rey Nezahualcóyotl aquí haya dicho “Camina con el pueblo, nunca contra el pueblo”, eso es de Jesús “Háganse amigos” y es tan bonita la amistad que los recibirá en las mansiones eternas.

Así pues queridos hermanos, la escucha, ‒termina hoy el Profeta‒ además de darnos tantas experiencias hermosas, y tantas virtudes y cualidades humanas deliciosas, dice ‹nos lleva a la fidelidad›. El Dios de Israel es un Dios fiel, y quiere que su pueblo sea fiel. Hoy la Iglesia ha tenido sufrimientos muy grandes por la falta de lealtad  ‒no somos fieles, somos desleales, hemos sido desleales‒  están rotas, están heridas todas las lealtades, no hay lealtad de la madre hacia el hijo  que lleva en su seno, no hay lealtad entre los esposos y, sabemos: abortos, divorcios, no hay lealtad en los servicios comunitarios, y como se desilusiona al pueblo, como se le falla al pueblo, como se le quiere engañar; las lealtades comunitarias están muy empobrecidas, dejan mucho que desear. Qué bueno que a ustedes, a mí queridos jóvenes, se nos pide la ‹lealtad›, que nosotros  –hay una expresión en la formación seminarística queridos hermanos, que hay que presumirla, porque los jóvenes casi la maman  desde que empiezan–  en el Seminario se trata de enseñar la fidelidad a la Palabra dada, y claro, el que es fiel a la Palabra dada, aún a costa de sus propios intereses, pues llega a ser un gran discípulo de Jesucristo Nuestro Señor.

Bueno, el Santo Evangelio, también sería delicioso detenernos, pero ya con que, la enseñanza del Profeta, la llevemos a los pies de Cristo y la recojamos como una enseñanza muy peculiar, muy segura de Cristo, pues fijémonos en esto, de que Él vino a curarnos. Como es hermoso fijarse, repetir ‹todo lo del ser humano, todo le interesó a Jesús›, y ustedes que van a servir mis queridos jóvenes, aprendan de Jesús, como le dolía que los hombres estuviéramos ciegos, que estuviéramos sordos, que estuviéramos mudos, que estuviéramos paralíticos, que estuviéramos enfermos de la mente, que estuviéramos enfermos del alma, y Jesús fue recorriendo, tocando, sanando parte por parte, todo el cuerpo humano.

Hoy nos toca acercarnos a una curación de un mudo, sin duda era una persona aislada, incomunicada, con una autoestima muy baja, desconfiado de los demás  ­–sabemos que una persona sordita mejor se retira, mejor, con su complejo con su limitación, él mejor se hace a un lado y, pues crece mucha amargura y mucho sentido de inferioridad–  Nuestro Señor lo cura, y es impresionante descubrir el gozo del pueblo  –no dice que el mudo hizo esto, y dijo lo otro y aquello, ¡no! –  el pueblo quedó maravillado, la multitud estaba feliz. Qué bueno que a nosotros  –como dije–  se nos enseña a escuchar para saber hablar, una persona que escucha,  como dijimos, se hace una persona sabia, interesante, entonces se le escucha con agrado, habla con seguridad, habla con sensatez, hoy se dicen tantas tonterías.  Qué bueno que el camino de la formación del Seminario es desde la escucha hasta que llegues al esplendor de la Palabra, y esa Palabra se llama Evangelio, Buena Nueva, Kerigma, Catequesis, se llama servicio evangelizador, se llama sectorización, se llama pequeñas comunidades, se llama casas de oración, se llama en definitiva, “familia” en donde existe deverás en el centro, Jesús estableciendo el Reino de Dios.

Y termina hoy el evangelio, solo quiero resaltar para mí y para ustedes este término ‹meteu› “conmigo”, estén conmigo, si ustedes caminan conmigo se liberarán de la acción atroz del enemigo, del demonio, que miente, mata, divide, destroza; conmigo”, nosotros vivimos con Cristo, para Cristo, en Cristo. Nos interesa sembrar, ofrecer y también, hoy dice, “recoger”, no desparramar,  –vean como esa es una visión del mundo de hoy, todo descorretado, todo desparramado, todo pues sin orden, sin gobierno‒ en cambio en Jesús, esa deliciosa seguridad, claridad, de recoger. Los hijos de Dios están dispersos, nosotros en su sagrado nombre los vamos a convocar, los vamos a unir, los vamos a llamar, los vamos a fortalecer, los vamos a hacer felices en su sagrado nombre. Así sea.

Quiénes Somos:

La Diócesis de Texcoco es una Iglesia misionera, que fiel a Cristo y presidida por su Obispo, integra a través de estructuras de comunión y participación a todos los bautizados y hombres de buena voluntad, que con la riqueza de sus dones y carismas, evangelizan y hacen presente el Reino de Dios.

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