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Homilía de Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez, Obispo de Texcoco

5° Domingo de Cuaresma

03 de abril de 2022

“Tampoco yo te condeno, ¡vete! y ya no vuelvas a pecar”. Mis queridas hermanas, mis queridos hermanos, como siempre delicioso llegar a la casa del Señor, formar la asamblea santa y vivir los tiempos nuevos, la etapa o la creación, mejor dicho, la nueva creación que Jesucristo ha traído por encargo de Dios, su Padre, ahora también nuestro amadísimo Padre Dios, nuestra hermosísimo Padre Dios; «Vean, yo puedo hacer nuevas todas las cosas, yo puedo cambiar todo, y yo tendré un Pueblo nuevo, labios puros, corazón nuevo, espíritu nuevo, porque el corazón del pecado, el corazón viejo del hombre, se entretiene y se la pasa, juzgando y condenando».

¡Y con qué facilidad!, cuánta fluidez para condenar, especialistas todos, por desgracia, cuando nos alejamos de Dios, del Dios de Jesucristo, tenemos esa facilidad que como bien sabemos, dice el Libro del Apocalipsis en una forma magistral, la tiene el demonio; él se la pasa acusando, tropezando, haciendo que tropiecen y caigan las personas, y luego las acusa; el gran respiro final de la humanidad, Dios asilenciará, no escuchará más al acusador, al demonio, porque los acusaba día y noche, y gracias a Jesús, se detiene el dinamismo del juicio.

Y pues hoy, mis queridas, mis queridos hermanos, tenemos este pasaje deliciosísimo, que atraviesa soberanamente la historia humana; estos señores le llevan pues a Jesús a esta mujer, ellos la sorprendieron en adulterio, fragranti, y ellos se sentían pues, hasta yo creo felices, seguros de que la iban a condenar, y además a apedrear y a matar. Tuvo la dicha esta mujer, de caer, de entrar al espacio de Jesús; el espacio de Jesús es sagrado, divino; toda persona que quiera entrar, o que llegue, o sea llevada, o camine, o se integre al amabilísimo espacio de Jesús, es intocable; nunca olvidemos esto: ‹tú llegas donde Jesús, y todo lo pasado  ‒como dice el apóstol San Pablo tan bellamente en su Carta a los Filipenses‒  ¡se acabó!›, todo el peso, todas las cargas se eliminan, y entras al espacio del amor, al espacio de la libertad, de la liberación, del respiro, de la paz, de la misericordia infinita. Esta mujer tuvo pues, esa dicha inmensa, de entrar, cerca estar, incluso frente a Jesús.

Y bueno, ustedes y yo disfrutemos mis queridos hermanos, ese momento en que nuestro Divino Señor, se pone a escribir en el suelo, ¡cómo se ha comentado esto! En mi humilde fe, yo quiero decir ‒porque el texto resalta que era con su dedo‒  el dedo de Jesús aquí, es el mismo dedo de Dios; qué bueno que Miguel Ángel resaltó que, el dedo del Padre es un dedo creador, ¡creador!, constructor de vida, de energía amorosa; y entonces Jesús  ‒por qué aparece dos veces, si nos hemos fijado‒  en un primer momento Jesús escribe, haciéndonos ver que Él es el dedo creador de Dios, y que ese dedo creador, tocó, tomó el polvo de la tierra para hacer una maravilla, que se llama “el ser humano”. Él es él alfarero por excelencia, alfarero divino, que incluso puede rehacer las piezas que se pudieran romper.

Jesucristo ha venido a crear los tiempos verdaderos de la vida, los tiempos verdaderos de la sabiduría, los tiempos auténticos del amor, de la comunión, pues de la alegría de la paz; pero ellos insisten, y entonces, tal vez ahí Nuestro Señor quiso honrar  ‒a ver vamos a decir, el orden no importa pero, sujetémonos un poco a la historia‒  Hubo un gran adúltero en la historia del pueblo de Dios, muchos, muchas, pero hubo uno, y sobre él se dejó caer todo el peso de la historia  hasta la fecha; hasta la fecha siguen siendo incontables las condenas contra el rey David  ‒yo le llamo: “el Santo Rey David”‒   no lo hemos podido bajar del escenario, del patíbulo, seguimos embarrándolo por lo ancho y largo del mundo, lo largo y ancho de la historia, “David”.Sin duda nuestro Señor pensó en él, y sobre todo yo creo pensó,  ‒estoy seguro‒  en la grandeza, en la gracia, en la santidad que él consiguió, gracias a la misericordia del Padre.

El rey David cuando pecó, se derrumbó al suelo, pecho a tierra; el rey David cuando pecó, no sólo vio su propio derrumbe de príncipe, en un momento dirá ‹regrésame el espíritu que yo tenía de príncipe, ahora soy un andrajoso, basura›; pero no sólo vio y sintió que él se derrumbó, tuvo esa experiencia tan bella de ver, que también Jerusalén se le había derrumbado, que él con su pecado, había derrumbado las murallas de Jerusalén, ‹si me llegas a perdonar, también reconstruye las murallas de Jerusalén›; además por el Monte de los Olivos, de donde Jesús venía en ese instante, había pasado, había salido el rey David, derrotado avergonzadísimo otra vez, porque su hijo Absalón le había declarado la guerra,y lo estaba persiguiendo.

Este es un lugar para Jesús, tan significativo por el rey David, que también tuvo la ilusión de hacer el Templo donde ahora se encuentra él; y pues como a los grandes hombres: a Moisés no le permitió entrar a la tierra prometida, a David no le permitió construir el templo, sería Josué y sería Salomón, y siempre al final el que perfecciona las obras de Dios sólo será el Mesías, Cristo; y es el caso también del asunto que nos ocupa  del pecado  de las heridas más profundas del ser humano, solo Jesús las podrás curar.

Y por eso nuestro Señor vuelve a escribir; estoy seguro que no ofendo a la Santísima Virgen, sí mencionó que en un momento, ella estuvo apuntó de ser tratada como adúltera, porque estaba prometida, estaba ya comprometida con José, y estaba esperando  un niño, y no había explicación, y ella tuvo que guardarse ese misterio, ese don, el más precioso, pero el más controvertido, como es el nacimiento virginal del Mesías, de Jesús nuestro gran, nuestro hermosísimo Salvador; yo estoy seguro que Jesús, delicadamente se arrodilló también ante esa mujer, como muchas veces Él lo haría, lo hizo para su Santísima Madre, y rendirle todos los honores de su maternidad, de su entrega, de su inocencia, de su pureza, de su colaboración con el Padre. Y entonces, mis queridos hermanos, este pasaje queda como una de las perlas más preciosas de la salvación, Jesús El Mesías ha traído el poder de perdonar los pecados, Él perdonará a Israel de todos, de todos sus pecados; si hay una fuerza apasionante en Jesucristo, ‹el perdón de los pecados›, y los perdonó desde su inocencia infinita, desde su pureza intachable, irreprochable, El Mesías ‹quien me convencerá de pecado›.

Bueno queridos hermanos, pero lleguemos sobre todo a esto, y pensar ¡si!, que otra vez nosotros llegamos al templo, sin duda manchados, acusados, señalados por algo, siempre hay quien se ocupe de mostrar disgusto por nuestra vida, y entramos al espacio de Jesús, y entonces Él, amorosamente nos acoge, nos perdona, y nos mantiene en pie: «Yo no te condeno»; siempre que vengas al templo, recuerda estas palabras inmortales de Jesús: “Yo no te condeno, vete en paz”.

Por eso bendigamos a Dios, por eso cultivemos el amor a la eucaristía, por eso busquemos ansiosamente, emocionalmente, pero más bien con emoción, los terrenos de Jesús, los espacios, la presencia, las actividades, el misterio de Jesús, y seguiremos en pie, y tendremos un defensor, no un juez, sino un amigo, un hermano, un Padre; y saliendo del templo ‹tú eres Jesús›; saliendo de la sagrada eucaristía ‹tú eres ese Cristo Salvador, tú eres ese Cristo Redentor, tú eres ese Cristo Transformador de las conciencias, de los corazones, de las conductas humanas, y de todo lo que sea derrota, y muerte›. Así sea.

 

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