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Homilía de Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez, Obispo de Texcoco

XII Domingo de Tiempo Ordinario

 19 de junio de 2022

 “El Mesías de Dios”. Mis queridas hermanas, mis queridos hermanos, la Iglesia como disfruta su cercanía, el Magisterio, el alma de Jesús; y hoy precisamente, en el Capítulo 9 de san Lucas, aparece uno de los textos cruciales en el cristianismo, y se trata de que nuestro Divino Señor en oración; como le gusta a san Lucas ponerlo, demostrarnos el gusto que tiene Jesús por la oración.  Por eso muchos grandes maestros espirituales han dicho: “Yo hice oración de niño por obligación”, me obligaban mis papás, me obligaban mis catequistas a orar; cuando crecí oraba por necesidad, tenía muchas necesidades y muchas penas, necesitaba el consuelo, la ayuda de Dios porque en mi familia las cosas no funcionaban del todo bien, oraba por necesidad.

 Y tercer nivel: como Jesús, ¡oraba por amor!, a flor de piel, le venía el gusto, la delicia de orar. Ojala nosotros busquemos ese nivel tan bello de Jesús, que muchos cristianos han entendido y han vivido “hacer oración”, ponerse en contacto con Dios, a flor de piel, en una forma naturalita espontánea, gozosa;  como hemos de recordar que las cosas de Dios no se pueden hacer con los pies en rastra, necesitamos la emoción; como haríamos bien, como evangelizaríamos hoy, si a nosotros nos vieran felices en la Casa de Dios, en la oración de la familia, en la oración publica y comunitaria, seriamos verdaderamente un punto de referencia y un espacio muy amable para que surgieran las bendiciones de Dios.

 En ese clima Jesús  –para que nos quede claro–  no fue por vanidad, Cristo no fue una persona frívola, al contrario, cada vez y cada que Dios lo llenaba de más bendiciones, Él se hacía más humilde, Él se hacía más modesto; y hoy aquí tenemos un ejemplo precioso de como Nuestro Señor pregunta a sus discípulos: ¿Y la gente que piensa, la gente que dice de mí? Y esto era muy importante sobre todo por sus discípulos, todos  –dicen los Apóstoles–  opinan que eres un hombre de esos que ya no hay, de esos que murieron, los Profetas, tal vez el más grande de los Profetas, y esa será siempre la opinión de la gente; Cristo, alguien grande, líder, Maestro, poeta, bellísimo poeta.

 Ayer toda la Iglesia meditaba ese capítulo del Sermón de la Montaña donde Jesús dice: “«¡Miren!, fíjense en los pajaritos” ellos no trabajan y comen delicioso; fíjense en los pajaritos, que libres, su fragilidad es una belleza impresionante, su felicidad, y no tienen que afanarse como ustedes para ser felices porque Dios los alimenta; fíjense en las flores del campo que elegantes, ni Salomón en toda su gloria se pudo vestir así». Y entonces la opinión de la gente podrá ser siempre que Jesús fue un gran personaje, fue  –y aquí lo importante es–  “Soy, soy, ¿Quién soy para ustedes? ¿Quién Soy?” Y bueno me permito de una vez decir con mucha fuerza: “¡Solo los discípulos, solo los Apóstoles son las personas perfectamente autorizadas, para decir quien es Jesús!” Solo tiene capacidad de dar una palabra, un mensaje, una referencia de Jesús, los que lo han conocido y sobre todo, lo han amado. Y en esta ocasión la respuesta es muy modesta, es la más modesta de estos pasajes en donde Jesús pregunta ¿Qué dice la gente de mí? Me encanta que san Lucas solo puso: ο χριστος του θεου (o christos tou theou) “De Dios”.

 Nunca se nos olvide esto hermanas, disfrutemos esto, agradezcamos haber conocido que “Jesús es de Dios”; porque siempre habrá propuestas, y personajes, y mesías, pseudo mesías, todos serán pseudo mesías, pseudo libertadores, pseudo lo que quieran; pseudo ricos, pseudo importantes, pseudo cultos, pseudo espirituales, pero no son de Dios; el secreto de Jesús, que es, existe, vive en Dios, con Dios, para Dios, desde Dios, para nosotros. Quiere decir que todo lo de Jesús tiene un sello, una garantía: “Dios”, aprobado por Dios, sostenido  –así–  garantisadísimo por Dios; lo que Él enseñe es enseñanza divina, lo que Él ofrezca es una oferta divina, cualquier actividad de Jesús está verdaderamente avalada por Dios.

 Hermanos, por eso, que amor tan grande, que confianza tan bonita tenemos que tener en Jesús, lo que dice, lo que hace, como se mueve, como se desplaza, como interpreta, como nos educa, lo que quiere de nosotros  –y por cierto–  Jesús nos compartió el don de Dios, Jesús nos regaló todo lo de Dios, hoy lo dice el Apóstol san Pablo, ‹Gracias a Jesús somos hijos de Dios›, todos ustedes hermanos, son hijos de Dios por haber amado, por haberle dado el corazón a Cristo. Y así mis queridos hermanos, nosotros somos felices, inmensamente felices, los discípulos de Cristo, porque con tanta modestia pero con una verdad infinita, es que nosotros somos, nos movemos y existimos en Dios y para Dios, gracias a Cristo Jesús.

 Y bueno, termino con estas palabras con que el texto de hoy también termina esta experiencia que tuvieron los Apóstoles con Jesús, y fue esta: yo voy a sufrir, como soy diferente, como yo no soy el mesías digamos, –vamos a decir– yo no soy el mesías de Israel, – yo no soy el mesías de la religión judía, de ninguna religión, yo no pertenezco a ninguna cultura, yo no pertenezco a ninguna organización social por digna que sea, por eso voy a sufrir; y me van a descalificar los grandes de la cultura  –que eran los escribas y fariseos–;  los grandes del mundo, de la política, del poder  –Herodes y Pilatos–  como se le echaron encima, como lo descalificaron, como lo hicieron a un lado; los grandes de la religión o de las religiones  –los sumos sacerdotes–  como lo descalificaron, como lo acosaron y como intervinieron para que lo asesinaran; los grandes de las organizaciones sociales  –representados en los ancianos–  intocables, lo van a rechazar y lo van a matar. Qué bonito es que hasta la fecha  esa actitud de los poderes, de las grandezas, de las mega tendencias humanas, están siempre contra la Iglesia, siempre contra los discípulos, siempre contra los que pertenecen a Jesús.

 Y termino con esto  –les decía–  que gozo saber que Él nos integró a su mesianismo divino; ahora también nosotros somos ungidos de Dios, ahora también nosotros como pertenecemos a Dios, vamos a tener que sufrir, vamos a tener que enfrentar descalificaciones y arbitrariedades porque somos de Jesús; no somos de los hombres, no somos de los filósofos, no somos de los escritores, de los intelectuales; vean aquí en México como la intelectualidad facilito descalifica a la iglesia ′que la Iglesia es retrógrada, que la Iglesia es pecadora, o que la Iglesia lo que quieran′; pero seguimos siendo de Dios, la salvación de Dios está para nosotros en nosotros, compartámosla. Así sea.

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