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Homilía de Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez, Obispo de Texcoco

Celebración Eucarística de fin de año

 

31 de diciembre de 2020

 

“Vino a los suyos”. Mis queridos hermanos, pues demos gracias a Dios Nuestro Padre, porque nos envió a su Hijo, y lo envió no como a extraños, no como a personas de poca importancia, sino a quienes Él considera y trata siempre como suyos. Si algo nos ha traído Jesús, es precisamente esta gran verdad “Somos del Señor”, “Somos de Dios”; por lo mismo nosotros, en este día especial sin duda, queremos darle gracias. Precisamente por este regalo tan bello de Jesús, queremos adorarlo, queremos escucharlo, queremos contemplarlo, porque hoy aquí, casi donde quiera, la vida, nuestras realidades, en la palabra está sucia, muy empobrecida, de mal gusto, hay tantas cosas desagradables, incluso el peligro.

 

Nos dice el evangelio que el Hijo de Dios, era La Palabra Eterna, “Palabra”, y como Palabra, nos lo regala, porque nuestra palabra se ha hecho insulsa, incluso dañina, muy amarga; la  palabra que tanto ayuda es el vehículo básico de la comunicación, está enferma, porque no nos entendemos; entendernos se ha vuelto muy difícil, incluso doloroso, y esto ha hundido y destrozado a mucha gente; por palabras malas, falsas, ambiciosas, mentirosas, se ha derribado a mucha gente.

 

Hoy sin embargo, aquí en la Iglesia se vive la verdadera esencia de la Palabra: su  naturaleza, su funcionamiento, su destino y su utilidad, incluso porque no decirlo: la iglesia ha tenido el privilegio de conocer la belleza y la hermosura de la Palabra, que como nos lo ha indicado muy bien el Salmo: de Palabra se ha hecho canto y  también canto nuevo, fascinante, diferente, no trillado; hoy por eso nosotros nos acercamos a este que es La Palabra de Dios, la llamamos Jesucristo, el Hijo de Dios; y Él desde su base, desde toda la eternidad es la Palabra, es el lenguaje más fascinante y agradable para Dios, para nuestro Padre, y a partir de Belén para nosotros, tenemos la gran oportunidad, la gracia inmensa de recibir y de acoger a este que es, la Palabra Divina, la Palabra sublime.

 

En esta época de Navidad, recordamos que esa Palabra que solo vivía para el Padre celestial, a partir de la encarnación y de su nacimiento, se hizo carne. Dice san Juan “¡Sí! la Palabra se hizo Hombre”, se hizo hombre de carne y hueso, hombre verdadero, y se quedó con nosotros, puso ya su tienda, su casa en medio de nosotros; y en verdad hermanos queridos: en Cristo todo es palabra, lenguaje, comunicación. Todo fue expresión acogedora, incluso, cercanía inteligible, caricia, gratuidad, donación. Por eso la Iglesia al celebrar la santa Navidad, y al llegar al fin del año, se interna en esta inspiración que es Jesucristo Nuestro Señor que nació en Belén, y que todo, todo Él se convirtió en un lenguaje fascinante y constructivo: Él es el lenguaje de la ternura, del amor, de la felicidad.

 

Todo en Jesús es palabra divina, ustedes y yo grabémonos esto en lo más íntimo del alma, todo en Él, sus movimientos, sus lugares, su enseñanza, sus acontecimientos son aprendizaje, son enseñanza, y al final todo es consuelo, armonía, purificación, transformación, fortaleza; por eso el evangelista san Juan desde su primera página, nos asegura que Jesús, que todo Él y solo Él, es la Palabra por excelencia; y eso desde el cielo, desde la eternidad.

 

San Juan nos ha presentado hoy en el Santo Evangelio a Jesús, como la Palabra de Dios, como la Palabra creadora, como la Palabra de vida, de la vida, como la Palabra que es luz, luz de los hombres, y lo repite, “de todo hombre”, luz verdadera que tenía que venir para iluminarnos, para liberarnos de tanta mentira, de toda mentira; vivimos engañados, inmersos en un mundo de mentiras, en una sociedad, en unos tiempos atrapados por el sistema del engaño, de la falsedad, de la mentira; digamos por ejemplo, incluso este dicho tan mexicano “Piensa mal y acertarás”, ¡no es cierto! aunque el mundo diga que el mal es un acierto, ganancia, éxito, lo correcto: que el mal es bueno desde dentro, desde tu corazón, desde tú mente.

 

Nosotros a partir de Jesucristo decimos ¡No! piensa bien, cuida tú mente, como dice el Papa Francisco pon mucho cuidado en tu mente, en tu corazón, en tus manos; en tu mente para que tengas mejores pensamientos, en tu corazón para tener mejores sentimientos, en las manos para tener mejores obras, virtudes, trabajo. Como escuchamos: “A lo dado ni Dios lo quita”, ¡no es cierto! eso es falso; Gracias a Cristo hay salvación, perdón, tiempos mejores, mejores experiencias, por eso continua diciéndonos el Apóstol, cuando lo recibieron les dio poder para ser Hijos de Dios, podrán llegar a ser imagen preciosa de Dios, no personas derrotadas, fracasadas, apaleadas.

 

Todo aquel que cree en Jesús que se acerque, que se alimente de Él, termina siendo un hombre verdaderamente fuerte, grande, en poder, exitoso, “les dio el poder de ser Hijos de Dios”; eso significa “y pueden ser hermanos” y pueden hacer comunidad y formar una familia, y vivir en grupos exitosos que son de Dios y saben convivir; de ahí que no vacile el apóstol en decirnos con toda claridad, que el mismo, después de mucho tiempo de vivir y de estar, y permanecer junto a Jesús, pudo contemplar en Él, la Gloria de Dios; la gloria del amor, de la verdad, de la salvación y de la paz. Nos garantiza el apóstol que en Jesús “todo es gracia y verdad, autenticidad, plenitud”.

 

Queridos hermanos, al contemplar hoy nuestro mundo y nuestro entorno, nuestra Patria, tal vez nuestras familias, nuestras familias mismas, nuestra propia persona, nuestro corazón, lo único que vemos es incertidumbre, tristeza, amargura, frustración, gran dolor, desesperanza, nos sentimos deprimidos, no se diga miedo, mucho miedo, sin embargo, hoy que nosotros hemos venido al templo, hoy que tantas personas en fe –ya sea personal o familiarmente– celebran la Sagrada Eucaristía, hoy nosotros adoramos a Dios, visitamos a Jesús, hemos venido a mirarlo, a escucharlo; tenemos el privilegio de recibir la gracia de un cambio, de una bendición inesperada, de una transformación impresionante.

 

No estamos solos, ni abandonados, estamos favorecidos, acompañados, iluminados por el Hijo de Dios, por nuestro Divino y hermoso Salvador. Estamos llenos de vida, de vigor, de claridad, de poder, de fortalezas y capacidades como son, en las de creer, creer en Dios, creer en los demás, ser útiles amando, sirviendo, sin duda tratando de ser bondadosos, nobles, constructivos, novedosos como Él, como Dios, como Jesús. Así sea.

 

 

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La Diócesis de Texcoco es una Iglesia misionera, que fiel a Cristo y presidida por su Obispo, integra a través de estructuras de comunión y participación a todos los bautizados y hombres de buena voluntad, que con la riqueza de sus dones y carismas, evangelizan y hacen presente el Reino de Dios.

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