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Homilía de Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez, Obispo de Texcoco

La Epifanía del Señor

 

03 de enero de 2021

 

“Cayendo, lo adoraron”. Mis queridos hermanos, y que distinta la actitud del Rey Herodes, el Rey Herodes se sobresaltó, se asustó, armó un escándalo, reunió a los sumos sacerdotes, desesperado mandó llamar a los escribas, y les preguntaba acelerado ¿Dónde va a nacer ese Rey de los judíos? Después, una vez que alborotó a toda la Ciudad, y movilizó en un clima bastante desagradable a los principales; el texto sagrado dice,  mandó llamar en secreto, a escondidas a los Magos, para que le precisaran el tiempo en que había  aparecido la estrella, y que se fueran a Belén. No ha entendido nada y sigue en esa actitud: investiguen, averigüen, averigüen, háganla de… pues como espías, como policías, a ver que pasa con ese niño ¡averigüen!

 

Los magos en cambio, de principio a fin, “adorarlo”; no han venido a averiguar, no han venido a escandalizar, ellos traen en el corazón el gusto, la finalidad, la intención de caer a sus pies para adorarlo, para honrarlo, para festejarlo, para hacer realmente un clima gozoso, un clima de vida, de salvación, de gloria. Mis queridos hermanos, que maestros tan grandes han sido estos personajes, que por eso el texto llama magoi; ustedes ya lo saben, en griego significa grandes, que grandes eran estos hombres, megas, megalópolis, una gran ciudad; en el idioma persa significa “sabios”; grandes por su sabiduría, por sus conocimientos. Y en los proyectos de Dios mis queridos hermanos, esta grandes, son aquellos que se humillan ante Él para recoger la verdad infinita, que brota del Mesías, que vendrá del Mesías.

 

Pues queridos hermanos, estoy seguro que ustedes y yo queremos estar aprendiendo, actuando, en relación a Cristo, como actuaron los Magos; que delicia adorar, que delicia arrodillarnos, que delicia postrarnos, que delicia besar, besar sus sagradas plantas, o besar, acoger con verdadera convicción su Palabra, sus ejemplos, sus enseñanzas, su espacio.

 

Ese es el gran mensaje sin duda, que hoy toda la Iglesia quiere renovar en todos los creyentes, en todos los que pertenecen a ella; y para eso, me gustaría que como Iglesia nosotros volviéramos a disfrutar lo que el Profeta dice a Jerusalén: Jerusalén, levántate, anímate, resucita, resplandece, ha llegado tu luz, ha llegado a ti la gloria del Señor; todo es alborada, todo es luz, todo es resplandor, las tinieblas cubren la tierra, espesa nube envuelve a los pueblos pero, sobre ti resplandece el Señor, en ti se manifiesta su gloria.

 

Por eso los judíos, Israel, como tuvo amor por su Ciudad Jerusalén, cuanto significa para ellos Jerusalén, es una meta, es un ideal, es una gloria íntima y comunitaria. Lo estoy diciendo para que ojalá nosotros los católicos, así veamos a nuestra Iglesia, la nueva Jerusalén, la Jerusalén grande, la Jerusalén definitiva, la Jerusalén que ya no pasará. De esta Jerusalén ya no se escuchará lo que, yo creo costó más a los Apóstoles y a  todos los creyentes, cuando Jesús les dijo “Vayan por todo el mundo” dejen Jerusalén.

 

Ahora Jerusalén está en el corazón de los creyentes, de los paganos; el que recibe el mensaje de Jesús, la familia que recoja el misterio de Jesús, la comunidad, lo que reciba a Cristo se convierte en una Jerusalén perfectamente nueva, perfectamente rica y la manera de decir en aquella época era «vendrán los Reyes y traerán dones, y aquí vaciarán sus tesoros, porque quien los recibe no es un egoísta, no es un soberbio, no es un déspota; el que los recibe, defiende a los pobres, el que los recibe ofrece la paz, el que los recibe está al pendiente del débil, busca a los que no tienen amparo, se preocupa por el desvalido, defiende al pobre, y le duele, y beneficia y salva al desdichado.

 

Cuanto nos falta queridos hermanos, empezando por mí, entender esta proyección del gran tesoro que se llama la fe, la capacidad de amar, la capacidad de creer, porque desde que llegó Jesús ya no se trata de creer digamos, espiritualizadamente en Dios, ¡No! se trata de creer ¡Sí!, en Dios, claro en el Mesías, se trata de creer en el hombre, de creer en aquel que ya nadie cree, valorar a aquel a quien ya nadie valora, entregarse en favor de aquel que se ve no responderá, no corresponderá, no se levantara, el abatido, el caído, la caña resquebrajada.

 

Queridos hermanos ustedes y yo pidamos a Nuestro Señor, que nos haga cercanos, íntimos, dependientes deliciosamente del Mesías, para que también nosotros, ricos en los dones que Dios nos ha concedido, seamos capaces de ofrecerlos, compartirlos, sembrarlos, invertirlos en los que nadie quiere ya, depositar confianza. La fe en Dios ahora es fe en el hombre, y mientras más grande sea tu fe, más grande será tu caridad, tú calidad, hacia los que no tenemos ya proyección, hacia los que no tenemos ya esperanza.

 

Pues esta es la manifestación mis queridos hermanos, de Jesucristo, envuelve todo esto a ser, que resplandezca la Iglesia por sus virtudes, por sus cualidades, por sus fortalezas, ayudando siempre a los demás. Fíjense, y, sobre todo yo debo fijarme, al final los ángeles en sueños les dicen a los Magos; ya no vayan con Herodes, no se portó dignamente, Herodes puede descontrolarlos, Herodes no merece recibir visitas, apoyos de personas tan valiosas como ustedes; esto lo comento porque si yo no actúo correctamente en relación a Cristo, Dios me irá retirando, Dios alejará de mí a muchas personas que yo pudiera hacerlas llegar hasta donde Cristo. Que no nos pase eso, que nosotros seamos camino valioso para el encuentro con Cristo, y que pertenezcamos siempre, a esa Jerusalén, a ese Belén donde se ha recibido al Salvador del Mundo. Amén.

 

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La Diócesis de Texcoco es una Iglesia misionera, que fiel a Cristo y presidida por su Obispo, integra a través de estructuras de comunión y participación a todos los bautizados y hombres de buena voluntad, que con la riqueza de sus dones y carismas, evangelizan y hacen presente el Reino de Dios.

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